8.26.2012

los colores vecinos

escultura
la bandera venezolana es amarilla, azulo y roja, este es un teatro que está al lado de mi casa. 
 Me parece curioso que hayan puesto esta escultura justo de estos colores, ayer unos ciclistas en el tren
también tenían sus bicicletas pintadas de este color.
Este es generalmente el campo de batalla de Nicolás, no vale de nada que todo esté ordenado...
Últimamente a Nicolás le da por jugar en el parque y tenemos que salir obligatoriamente porque pega berridos, se pone frente a la puerta, la señala y exige salir. Yo tengo un poco de hastío de esta conducta
suya porque no siempre me apetece salir corriendo e ir a ensuciarme con la arena en el parque. Un problema me asalta también: me da un poco de miedo o vergüenza que alguien me hable y yo no sepa que responder, supongo es el síndrome de todos los inmigrantes que vivimos en un país donde no se habla una lengua que tú sabes. Yo ya me voy a acostumbrando a manejar el estrés en este wonderland, el estrés linguístico, voy cada vez dejando que todo pase por mi, subiendo y bajando las mareas, pero aún me da...
Es inevitable.
Y el resultado:

NICOLÁS SIEMPRE GANA AL FINAL TERMINAMOS SALIENDO Y A MI ME ENCANTA VERLO FELIZ.

pero...
Yo soy muy miedosa.
y pasado el tiempo. ..
Ya se va a cumplir un año de haber empezado a estudiar alemán.
sé mucho más que antes.
AUNQUE...
aún no tenga muchos amigos aquí.
No me siento mal por no tenerlos, el tener un niño pequeño me hace perder las energías y no tengo muchas. 
las mareas de ir y venir consumen tus ganas de socializar, me siento contenta por una cosa, mi vida interior se ha enriquecido mucho.

En realidad puedo vivir conmigo misma sin sentir la necesidad de ir a buscar gente para sentirme bien. También me gusta estar con la gente.Pero no me aburro nunca sola.


8.19.2012

Mis zapatos descalzos en el invierno


Tal vez no tenga mucha coherencia este título, en realidad, las contradicciones imposibles y las inverosimilitudes que creo nos tragamos todos los días diciendo amén son tantas que valga este título bien como una misa o como nuestra filosofía de vida.
Siento un poco de pesar por el tiempo que perdí en mi juventud, no sé si esto lo siente todo el mundo (seguro que sí), pero hace unos cuantos años, desde que cumplí la maravillosa cifra de los 30, empecé a darme cuenta de todo el tiempo valioso que había malgastado malamente durante mi vida. Recordé con rabia a aquellas personas que me habían hecho perderlo, sintiendo unas ganas tremendas de coger un avión para zarandearles y darles bofetadas. No, ellos no tenían la culpa, me decía después,  la culpa la tenía yo misma que permitía situaciones de estupidez infinitas y las dejaba infiltrar en mi vida hasta un punto tan extremo, que finalmente, desde la perspectiva del recuerdo, solo me dejaban la amarga sensación de magia, sí, esa magia que hizo que yo llegara  a esta edad sin haber hecho lo contrario, es decir, aprovechar el die Zeit (tiempo en alemán).
Entonces, la inverosimilitud, la culpa, la vergüenza propia, de haberme visto en medio de situaciones tan ridículas, tan idiotas, habiendo malgastado mis horas de una manera tan absurda ¿eso es posible?, sí,  zapatos descalzos en el invierno gris del verano, y la contradicción propia, cabalgando la marea de mis indecisiones y mis horas inútiles de televisión.
Hasta que en un momento de mi vida, que seguramente seguía a una frustración, me di cuenta de que habían cosas que no había hecho bien, no, había cosas que tenía que cambiar, y esas cosas empezaban por dejar de malgastar el tiempo perdido, conociendo primeramente qué era tiempo perdido y qué no. Allí entonces se concentraron mis reflexiones y después de muchos vaivenes llegué a la conclusión de que tiempo perdido lo seguiría siendo si seguía lamentándome de todo aquello, porque, la vida continúa  ¿O no es verdad? Y de allí la pregunta obligada, ¿Hay algún momento en el que se determine que es demasiado tarde o temprano para perder el tiempo?
Y seguí reflexionando, pero esa es otra historia, que ahora no quiero contar.


8.11.2012

Corrupción/ Mi país Venezuela

¿Por qué robas,  infeliz?

Y no ves la inútil cadena que te enlaza a ti con el asco del mundo. La corrupción de un país como el mío, donde los presidentes son capaces de hacer un teatro del tamaño del cielo, y la vida se escuece, y personas que no han hecho nada, se ensartan y se revuelven en sus propias miserias, reclamándose cosas que no hicieron, pero la realidad es inapelable y la vida no la puedes redimir, la vida es rebelde con tu corazón, y te hace bajar la cabeza, siempre.

Tú robas, ok, y entonces empieza una cadena infinita que no termina nunca, se enlaza, se revuelve y todo empieza a desmoronarse, a erocionarse. Las casas se rompen y ya nadie enseña a nadie, no es importante ser bueno, no es importante ahora pero sí lo era antes, antes de que robaras, de que tu ambición te llevara impávido por los caminos de la indiferencia hacia el prójimo.

Entonces, de manera imperceptible (porque al robar, te rodeas entre muelles, fortalezas, escudos, almohadas y castillos de aire de comodidad) adviertes que algo en tu entorno no cuadra, que ya, claro, tienes muchas cosas, que no te merecías, pero algo empieza a picarte, tus conductos internos son surcados por hormiguitas que bailan tu música, pero te pican.

Entonces tienes que hacer castillos más grandes y solicitar un sitio, un hueco en aquellos lugares donde la gente no roba, porque es allí donde las cosas funcionan. No te gusta aquello que ofreces a los demás para ti mismo, te gusta estar y rodearte de cosas que se hacen con justicia, con dedicación, con esmero. Jamás vivirías en aquellos sitios que tú mismo desgastaste, tú mismo destruiste y ahora son infiernos, llamas, vegetaciones de espinas que lanzan metal y fuegos rápidos, no subes escalinatas donde de pronto puedan haber personas que creen que la vida suya y la tuya no valen nada, y no  valen porque al robar, infeliz, lo devaluaste todo, no solo el billete con el que pagas al tipo que te cuida de la gente como tú, también a la gente con la que hablas, las calles por donde pasas, la patria en la que naciste, el paisaje, la vegetación, los techos de las casas, la comida que te comes, todo vale menos o nada, por ti.

Y lo peor es que has despertado una siniestra energía que hace a todo el mundo ser como tú.


8.01.2012

pausa

Finalmente me tomé una pausa del curso de alemán, tengo que volver a estudiar latín y leer un poco a Plauto y recordar que la gente que vivió casi 200 años antes de Cristo no es tan distinta a nosotros, en realidad, cuando leo libros de muchos siglos atrás confirmo aún más que nunca seremos distintos, porque, a menos que la teoría evolutiva nos haga ostenciblemente diferentes, tendremos los mismos corazones y pulmones, y sobre todo, los mismos egos de siempre.

Intentar traducir a Plauto en latín es una tarea que se me antojaba antes, cuando estudiaba en la universidad, horrorosa. Veía aquello un fastidio y es cierto que los libros y las tareas que nos toca desempeñar dependen en mayor medida de la época en la que vivimos. Me gustaría hacer muchas cosas distintas a las que ahora hago, pero tengo tal vez la suerte de que me toca, por asuntos de unos exámenes de homologación en España, leer a Plauto, quien seguramente no se llamaba Plauto, porque lo único que significa Plauto en latín son pies planos, y esto, era más bien un sobrenombre

No han cambiado las cosas, las madres siguen poniéndole un nombre la gente, por ejemplo, y no un número; la gente no se ha dejado de enamorar, y por supuesto, por supervivencia de la especie no hemos dejado de beber agua, ni de hacer el amor, y mucho menos, hemos dejado de comer. Así que estas cosas básicas, que parecen tontas, tanto como el respirar, son en realidad el único motor que nos hace caminar e intrigar, inventar, imaginar y reírnos de los demás; son los motores de las guerras y la causa por la que las amistades se rompen y también, uno de los orígenes de las mayores crueldades humanas.
Queremos nuestro ego en orden y queremos también nuestras proviciones de todo a punto. Por eso tal vez creo que las cosas no cambiarán jamás, solo evolucionarán, y a veces, como sucedía en esa célebre frase de "El Gato Pardo" se deben hacer muchas más cosas para que, en realidad, nada cambie.