9.14.2007

VIVIR EN VENEZUELA




Tal vez todos debimos escribir muchas cosas que no escribimos, debimos decir y debimos sobre todo “hacer”. Es innegable que actualmente vivir en Venezuela se ha vuelto un desafío a la calma, la serenidad y el sosiego. Siento como buena venezolana la falta de libertad moral, física, psicológica y ética. No es justo, no : estar todo el día pendiente de las puertas, postigos, cerrojos, el estado de las rejas, las personas que tienes al lado, delante, la actitud conveniente ante alguien amenazante, el alejamiento de cualquier lugar peligroso, la incómoda sensación de estar ante un peligro real y latente ¿La cantidad de gente que muere en las calles? No la entiendo, de ninguna manera la puedo entender, y tampoco, por decir algo, puedo procesar la cotidiana situación del “ajuste de cuentas”, “murió a manos del hampa”, “víctima de la inseguridad” estas etiquetas vergonzosas que buscan alejar de la manera más olímpica a estos hechos usuales de la categoría de inseguridad.

No entiendo la injusticia, ni abogo por el dolor ajeno y no me es indiferente el hecho de que día a día, minuto a minuto la lista de asesinados en todo el país tenga que abultarse. Mi bisabuela decía siempre “La mayor novedad dura ocho días” y tal parece que dura menos el efecto de un muerto a balazos para los cuerpos de seguridad ¿Es que acaso una persona que ha sido criada con esfuerzo, que ha sido querida, amada, que tiene un doliente que le llore tiene que ser olvidada sólo por el hecho de que ha sido asesinada por un ajuste de cuentas, por poner un ejemplo?

Esto no es sólo lo que me angustia. No tengo ahora las palabras acertadas para expresar por medio del lenguaje toda la injusticia, la infamia y la ligereza con la que se ha manejado el problema de la inseguridad en Venezuela. Cuando estuve en España el año pasado me sorprendió sobre manera el hecho de andar por las calles de Madrid a las 3 de la madrugada sin preocuparme por mi vida. Me sentí extraña, libre, y con una sensación difícil de explicar. En el fondo, muy en el fondo, me dio tristeza, y sentí envidia de no haber nacido en un país realmente franco, de no poder estar en mi propia tierra sin preocuparme por el personaje que tengo en el costado o por la hora de llegada a mi casa, o por las pertenencias que ostento. No creo que sea yo sola, siento que muchas personas habrán sentido la dolida frustración de sentirse atrapados en sus casas, de no poder disfrutar de la vida como es debido, de tener que limitarse, abstraerse, irse plegando a cada momento, encogiéndose, empequeñeciéndose…

No hablo hoy de literatura, no porque lo que pasa en el país debe ser dicho, la literatura definitivamente la voy a dejar a un lado, por este post, y voy a desahogarme. Sé que ella, en algún momento registrará de manera fiel e imparcial todos los acontecimientos que ahora ocurren, pero no será ahora, no seremos nosotros quienes escribamos y juzguemos nuestra verdadera historia, tal vez no llegue a ser nadie.

Siento, confío en que finalmente todos y cada uno de los muertos que han perecido víctimas del hampa tengan la justicia que merecen. Me fío en que cada persona culpable, cada ser responsable tenga su merecido y espero verlo. Tal vez esté escribiendo una utopía, tal vez tenga una justa e inocente esperanza que espera algún día verse recompensada.

9.11.2007

No puedo leer


Teniendo enfrente el libro, las condiciones ideales para echarle un vistazo y pasar mis ojos por sus letras, líneas, ideas y sensaciones me he dado cuenta que no puedo concentrarme. Tal vez haya puesto un título erróneo, pero es que es así.

He sorteado toda una suerte de posibilidades y concluyo que puede ser una combinación del tipo de lectura que me he impuesto y mi propio estado espiritual y mental. Quisiera hacerlo, quisiera concentrarme y no puedo. Hay pocas cosas tan frustrantres como esas.

EL libro en cuestión, mi víctima, se llama YO EL SUPREMO de Augusto Roa Bastos, e intento seguir, continuar, pero mientras leo me doy cuenta que empiezo a pensar en otras cosas, que no me voy con la lectura, que ella no me lleva como yo quisiera.

He optado por elegir entonces otro libro, un poco más amable y menos denso, puesto que ya estoy a punto de hacer lo que pocas veces hago: dejar un libro por la mitad. El segundo elegido es "Los vagabundos del Dharma", de Jack Keruac; siempre lo había tenido en mi biblioteca y nunca había sentido la suficiente pulsión para tomarlo, abrirlo y leerlo. Ahora me he puesto con él, es un libro con ángel que te atrapa y te transporta a ese cúmulo de seres de la generación Beat que tanto me encantan. He de describir mi sensación al leerlo: me gusta la lectura y no puedo entender cómo algunos críticos literarios han dicho que Keruac no era un escritor y que sus textos no eran literatura, lo comparaban simplemente con un simple que escribía en telas de papel higiénico de un tirón, podría decirse. Para mí, "Los vagabundos del Dharma" es otra cosa, es algo más profundo que una opinión tan ligera acerca de un producto literario que personalmente me parece genial.

No estoy a un ritmo bueno, apenas he llegado a las 20 páginas por día (lo sé, dejo mucho que desear, teniendo en cuenta que estoy de vacaciones recluídas) pero soy optimista, espero conseguir "Por el camino" y algún día, no muy lejano, continuar leyendo YO EL SUPREMO.

9.07.2007

CONTINUACIÓN DEL CUENTO

Los quejidos de la niña se escuchaban generalmente por las mañanas. El hombre había estudiado durante una semana los movimientos de la casa. La mujer salía presurosa, con los ojos enrojecidos, jadeante; era una mujer alta y fornida.

Una noche, el hombre escuchó susurros en el pasillo, estaba impaciente, era la madre, la niña nunca estaba sola. El hombre empezó a estudiar los movimientos del apatamento de la niña. En la noche todo se calmaba y el hombre aprovechaba para acercarse al pasillo y posarse frente a la puerta. Por la tarde la madre traía medicinas, el hombre la observaba desde el ojo mágico de su departamento. El padre no vivía con ellas, pero las visitaba a diario. Se le veía triste, ausente.

El hombre sintió que el tiempo de la niña se acababa y decidió no esperar más. Se presentó ante la madre y preguntó tímidamente por la salud de la enferma. La familia lo recibió triste pero amable, le dieron una tasa de café con leche y le contaron cosas sobre la enfermedad de la niña. El hombre no se inmutó en su corazón, en lo único en que podía pensar era en el mechón de cabello, aquél, el que necesitaba.

La niña tenía leucemia y no había recibido quimioterapias recientes, podría tener un poco, al menos de cabello. EL hombre fingió interés y preocupación ante la madre quien lo catalogó como un hombre comprensivo y solidario.

Visitó la casa todos los días, llevaba galletas, gatorades y hasta medicinas que creía serían útiles para la niña. La familia en poco tiempo fue dándole confianza. El hombre se sentía cada vez más cerca de su meta, aquél mechón de cabello. Pronto podría verla, finalmente.