6.27.2011

El falso Padrino


Volver a reflexionar sobre el pasado, sobre las raíces preñadas de complejos de la adolescencia. Constatar mi acento originario, la forma de pronunciar las palabras, atesorar los modismos lingüísticos venezolanos que tenía tanto tiempo sin escuchar. Ahora que se han ido mis padres a ese país que ya me suena lejano, pero sigue siendo mío, escucho la voz de mi madre, en mi mente, repitiéndose en aquellas frases que aquí no entienden y que evidentemente me recuerdan a mi vida de allí.

No es que yo quiera volver, siento nostalgia por ese país en el que viví y ahora no existe. Supongo siempre hay momentos de fatiga cuando estás en tierra ajena. Cuando estás allí, cuando vives allí todo es como una carretera lisa en la que te desplazas sin problemas, lisa como un disco de vinilo, con marcas que producen sonidos y transmiten significados.

Yo no sé si debo ir. Es que sé que no me reconoceré, y no tengo muchas ganas de ir para entender que el mundo que dejé es un mundo que no ha dejado de sonar, de hornear el pan, de dar marcha con la palanquilla a la rueda. Tengo la fotografía fosilizada, el momento detenido, y sin embargo no poseo ninguna imagen en marcha, y eso me da incertidumbre.

Como la película que se repite una y mil veces, pienso en mi tierra como algo que no se detuvo cuando la dejé. Ahora pienso en aquella calurosa noche en la que vi, muchos años después de haber sido filmada, la película EL Padrino I.

Imagino ahora mismo a Marlon Brando, después de muerto, siendo capaz de cambiar sus ojos y su sonrisa en cada transmisión, presto a los caprichos de cualquier expectador.

Imagino que algún día un japonés, o un Indio que vive en los Estados Unidos ideará una máquina (que seguro ya está inventada) que pueda ordenar a Marlon Brando animar un poco más sus ojos cansados en aquella grandiosa escena de la cena familiar con Al Pacino.

No me gustan las películas de gansters (El Padrino me encantó, es una excepción), pero esta asociación tal vez la haya hecho mi inconsciente furibundo, que culpa con una irremediable justicia al hacedor de nuestros males, el mafioso redoblado, enfermo en su propia película, tratando de proyectarse obligatoriamente con todos los gestos posibles de la enfermedad, del drama, de la heroicidad impostada.