9.23.2010

Celia Cruz / Vieja luna



Como estoy nostálgica, aquí pueden disfrutar a Celia Cruz con su voz cristalina...

¡Maestra!

9.15.2010

El oficio del mártir


Todos hemos sido mártires. Cuando creemos que ya no cabe más injusticia en el mundo, que esta fue agotada secándose como un río maldito, se nos aparece multiplicada como los Gremlins. El ser mártir debe ser algo que hay que asumir y saber usar. Hay que internalizar que en el fondo ser mártir se nos muestra como una oportunidad de poder sentir el gusto de la víctima, el placer mazoca que todos llevamos dentro.

Pero esta martirización---aunque en verdad no la deseemos porque somos seres normales, incapaces de desear algo malo para nosotros mismos---aparece recurrentemente como esas fijaciones incoherentes que nos llegan siempre a la cabeza, esas de las cuales nos avergonzamos y no contamos a nadie.

¡Salve a la reina martirio! Dijo una bruja de la inquisición, que había elegido profesión después de darse cuenta que acabaría loca, “Mejor morir con dignidad de bruja a revolcarme entre mi mierda en una celda para dementes”. Hizo su ritual de iniciación; declarando a los cuatro vientos la existencia de una pócima mágica que haría quedar preñadas a las mujeres sin la ayuda del miembro masculino. La tildaron de feminista y la echaron a una celda de perros hambrientos. ¡Salve a la reina martirio! Repetía, y así siguió hasta que uno de los perros dio una dentellada en su cuello, justo en la yugular, sin darle mucho tiempo a pensar en los santos oficios de las brujas y en en los horrores del infierno.

9.04.2010

El chivo

En Araya hay chivos que comen... no sé qué comen los chivos. Yo siempre pensé que eran unos señores mayores, que sabían mucho de la vida, se tocaban la barbilla y pensaban en filosofía. Tal vez estos chivos habían leído a Kant, a Marx,a Shopenhauer. Siempre me dijeron que los chivos eran mayores que yo, por lo que no podía pensar en ellos como jóvenes criaturas nacidas hace pocos meses, comiendo tierra en Araya, en Uruguay, en Brasil.

Cuando era pequeña los vi por primera vez en la montaña misteriosa que se alzaba detrás del patio de mi abuela. Pienso en ese sitio ahora y no me puedo creer que fuese tan grande y con tantos árboles y tan inmenso como todas las cosas en América, llanas, espaciosas, jóvenes como un junco recién nacido.

Me alegra recordar, desde la distancia española, aquel sol de Araya y a los chivos. Creo aún que si tuviera algún problema y viera por casualidad a alguno de ellos comiendo un poco de tierra árida, rocosa, le pediría disculpas por interrumpir tan importante actividad para pedirle un consejo sobre qué hacer con mi vida. El chivo seguramente se quedaría mirándome con su cara cirscunspecta y me pediría detalles, yo le contaría todos mis cuentos: algunos felices, otros no tanto y finalmente esperaría una respuesta. El chivo seguiría mirándome a los ojos sin decirme nada y yo movería la cabeza hacia adelante, aupándolo, para que hablara de una vez, pero el chivo me miraría con indiferencia y metería su terrible y barbuda cabeza entre la tierra amarillenta dándome la espalda.