8.20.2007

EL ESPACIO DEL SILENCIO


Desde siempre he tratado de llenar los espacios. Creo que es una manía que nos inculcan de pequeños: tienes el cuaderno de dibujo frente a ti, tus ojos observan una hermosa figura delineada cuyos espacios interiores están en blanco. Sólo hay líneas negras con formas (payasos, muñecas, delfines, automóviles) y allí, tú, con el montón de lápices Prismacolor y las ganas de empezar la tarea de la escogencia, del trabajo del relleno cuidadoso de las formas hasta completar el dibujo colorido (no siempre bien combinado y delimitado); He allí: “la obra de arte”. Así comienzo con los espacios que instintivamente hay que llenar, sin contar las hojas de caligrafías, las páginas en blanco, y finalmente a donde quería llegar: los silencios.

¿Por qué siempre tenemos que hablar? Yo, siempre tengo que hablar. Algo en lo que pensé durante unos minutos mientras leía Sobre héroes y tumbas, cuando tenía 17 años, fue en el extraordinario silencio que existía entre Alejandra y Martín. Era un silencio poblado de reflexión, de contenido semántico, de sustancialidad; ese silencio que me reprocho por no poder mantener, el silencio incómodo que siempre tengo que llenar así no sea necesario.

Me ocurre también en mis relaciones amorosas, creo que he tenido la desdichada suerte de ser atolondrada por no poder mantener en pie al silencio, es para mí tan incómodo como la visión de una bailarina que lucha por mantenerse en equilibrio con la punta de los dedos de sus pies. No puedo. Me conformo con decir banalidades, estupideces e imprudentes comentarios que al fin y al cabo no llegan nunca a nada y se pierden en un silencio más incómodo.

Tal vez la gente como yo ha desarrollado sin darse cuenta una fobia al silencio, fobia que se presenta cuando se empieza a observar el titilar iridiscente e implacable de la terrible señal de que algo anda mal, de que ya nada hay que decir, que todo se ha desvanecido y que quedamos como seres inconclusos que se esfuerzan en vano por llenar una laguna con un agua que no existe. Creo que quedarse sin nada que decir es ser infértil, y la infertilidad cuando no se desea es sumamente frustrante.

Prefiero el silencio mío, el que me doy a mí misma, no soporto el silencio con los demás.

No sé si aprenda algún día a convivir con el silencio incómodo, ante la presencia del ser amado, o ante un conocido pero no íntimo, con quien tengo que sostener una conversación ingeniosa de cosas que no tienen nada en común conmigo. No sé si algún día pueda tener el tupé de ser como Alejandra con Martín y quedarme tranquila, impasible, displicente, ante la incómoda oportunidad de no llenar nada, de dejar la página en blanco y observar el dibujo cuyas líneas al fin y al cabo, representan la esencia de la forma.

8.17.2007

Crear ... el momento mágico: Un deseo

Tiempo sin escribir, tiempo sin aparecer. La ausencia, la desidia, el dejar siempre para después la escritura de una nota. No he cumplido del todo, no he saldado la deuda de mi propia inspiración y sé que no hay excusas. Le he huido a la creación y es que me cuesta confesar esto, pero siento que le tengo miedo, es el miedo el que me paraliza y me paralizo porque siento que lo que hago no tiene ninguna importancia y no podría satisfacerme.

El tiempo de la creación es para mí mágico, yo no lo busco, sencillamente dejo que esa necesidad se haga poderosa, tanto, que mis ganas sean superiores a mi miedo. Es entonces cuando escribo, contra todo pronóstico. Sin embargo, a medida que pasa el tiempo y que mis circunstancias se configuran en pasado-presente, yo me doy cuenta que desdeño mis propias ganas de crear y sucumbo en la indiferencia, el fastidio y el desmerecimiento propio.

A estas alturas no sé quien tiene razón, no sé si tiene razón mi yo no-creador o mi yo-creador. Yo, como buena pesimista siento que tendría tal vez razón mi yo no-creador.

Mi deseo más cándido: que algo hermoso y sorprendente pase para recuperar las ganas de seguir escribiendo.

PD: ¿Será que desde el momento en que lo escribo mi deseo se transforma en irrealizable?