2.16.2010

libro cerrado


No sé si ha llegado el momento, pero creo que sí, la duda me detiene porque es difícil separarse de aquello que antes día tras día hacía, sin descanso. Creo que he amado a la letra escrita con arte tanto como a las personas importantes en mi vida, como a mi misma en la plenitud de mi propio absoluto.
Entonces sucede que vengo y me doy el tortazo mayúsculo porque me doy cuenta que no sirvo para nada. Ningún libro que lea, de los tantos que he leído ya, me ayudará a encontrar un medio de subsistencia. Sé que no es nuevo este descubrimiento, pero que sea nuevo para mí lo hace suficientemente importante como para cortarme en pedazos. En este momento viene a mi mente un recuerdo que data de más de 12 años, tiempo suficiente para que hayan muerto muchas cosas de mí, en el cual yo a pesar de no saber lo que quería hacer sabía a quien podía amar. Entre esas cosas amadas estaban los libros y las historias que me transportaban de manera tan magnífica a cualquier lugar. Sabía en aquel tiempo que todo era congruente con algo que no era viable. Era como amar al mal muchacho que nunca va a servir.
Luego, tarde, decidí que debía seguir a mis afectos y me fue bien, porque hice lo que me gustaba. Pero ahora estoy ante algo que me impulsa a determinar un momento difícil, en el cual, definitivamente debo renunciar un poco a lo que quiero en pos de tener lo que necesito. No hay salidas para la gente como yo, la gente que ama a los libros y no tiene talento. Entonces, hay que renunciar y cerrar de un portazo la puerta de aquello que creí era sublime. Decir adiós para esperar otro momento de aldabas flexibles y más conciencia humanística, otro momento que seguramente llegará tarde o no llegará a la corta vida de una humana simple, sencilla, sin pretenciones, una humana de los tantos, esos que han existido y que pierden la conciencia una vez llega el segundo definitivo.

2.01.2010

y

Repito miles de veces la palabra congoja, como si de ella misma fuera a emanar la respuesta a los problemas que se afrontan en el mundo. Si en Haití hay congoja, también la hay en Ucrania y en China y en Estados Unidos. He salido estos días a caminar por Madrid (aun sin poder conseguir con qué sobrevivir) y veo en las caras de muchos jóvenes congoja. No es la misma que afecta a mi gente de allá que más que congoja los aqueja la desesperanza, tampoco es la de los italianos y su congoja presidencial.

No quiero seguir arrugando la falda, porque en realidad la congoja me parece una palabra arrugada, trasnochada y fútil. EL efecto terapéutico de la muerte es magnánimo. Creo que debería ser más utilizado en las reuniones de grupo.