5.28.2008

¿Por qué volví a leerme El extranjero ?



Cuando descubrí este extraordinario libro, vivía en Caracas y sabía muy poco de la vida. Era un persona inocente (aún), tenía más amigos que ahora y pensaba que la muerte era lo único que nos igualaba a todos (yo estaba convencida que el mundo era una bacinilla putrefacta con caca).
El libro me fue regalado y recomendado con bastantes aspavientos; se me obligaba prácticamente a leerlo en ese mismo instante puesto que: “había sido conseguido en un remate, por pura suerte de la vida…”. Como la edición era sumamente humilde---papel de prensa; un cartón débil, escueto; color chillón y un dibujo difuso en la portada--- no me llamó la atención ¡qué ignorante era! Sin embargo, pese a mi indiferencia, la insistencia de mi padre fue tal que decidí abordarlo en un viaje en autobús Cumaná- Caracas: Y ocurrió entonces mi revelación.
El señor Meursault se transformó para mí (una adolescente de 18 años) en alguien extraordinario que sabía mucho de la vida, aún y cuando sus valores fueran totalmente extraños y los resultados de su conducta, desastrosos; era un hombre acorde con el verdadero sentido de la existencia, alguien que podía ver más allá, que había internalizado lo que de verdad significaba vivir, que sabía de qué se trataba la mecánica del mundo, del universo e incluso de Dios.
El señor Meursault me desnudó la vida como cuando de un trancazo se corre la sábana para dar paso a una desfachatada y monstruosa escultura. Yo terminé el libro, llegué a Caracas y seguí pensando en el señor Meursault; vi el cielo lleno de luces, aquellos nacimientos trepados en los cerros; escuché los disparos en las noches de Catia, me levanté temprano, asistí a clases, hablé con mis amigos; comí lasaña y mientras hacía todo esto, siempre, pensaba en el señor Meursault. Por momentos lo envidaba, me parecía un ser listo, despojado de todas las emociones terribles de la vida. Le tenía rabia porque a él no le importaba la muerte como a mí. El señor Meursault sabía que no importaban las injusticias, que no importaba nada de lo que sucediera porque en realidad todos somos un trámite entre el nacimiento y la muerte.
Ahora, luego de casi 12 años de eso, volví a recordar a Meursault y decidí inmediatamente volver a leer este maravilloso libro de Albert Camus. No tenía la novela, la había prestado presa de un arrebato de emoción por mi descubrimiento (por supuesto, nunca me la devolvieron); la busqué entonces en internet.
Recorrí sus páginas de manera distinta a como lo hice en aquél viaje en autobús. En el fondo, ya había conocido en mi vida a algunos señores Meursault. Me pareció que el hombrecillo argelino seguía siendo un héroe, pero también como héroe-mártir- inocente--- por poseer el don maldito de la absoluta capacidad para ser sincero--- era un ser peligroso y amenazante. Ese ello solapado que se destapa en la conducta de Meursault fue, a mi modo de ver, una forma de descubrir nuevamente ¡Sí, una vez más! que somos todos peligrosos en esencia. Sin embargo, Meursault (ahora que lo veo) jugó un papel de anticristo en donde todos eran supremamente más blasfemos, hipócritas, incongruentes, crueles y absurdos que él. Y mientras leía y leía admiraba con cada palabra más y más a Camus, me daba cuenta de su genio, del poder de la palabra y de lo hermoso que es despertar a través de sus líneas el espíritu de admiración por la literatura. Quise que mis alumnos lo leyeran y ellos también se emocionaron como yo volví a hacerlo, fue realmente mágico infundirles mi emoción y contagiarles el interés por la historia, el personaje, la filosofía y la literatura: Nada hay más hermoso para mí que eso.

5.21.2008

JIMENA, MUJER




La historia de Jimena es simple: una mujer nació en una familia castradora padeciendo, por años, la terrible angustia de sentirse una abúlica, frígida e insípida solterona. Jimena nunca quiso verse allá abajo; no quería constatar que su sexo, tantas veces imaginado y comparado con el de otras solteronas, podría estar arrugado como una pasa.
Cuando la madre murió Jimena no quiso llorar, en el fondo, ante el duelo, había sentido cierta cosquilla de placer en la parte baja de su vientre, un ligero ardor en los labios inferiores, un encrespamiento y una lava que caía sin querer, que estaba allí, fangosa, moviéndose en la espesura de sus adentros. Había muerto su madre y por primera vez Jimena se atrevió a reconocer un deseo, unas ganas grandes de que algo la poseyera, o alguien.
Guardó luto cerrado por un año mientras practicaba en la soledad de su casa las distintas formas de divertirse con lo prohibido. Gimió, sus manos habían lamido, hurgado, tocado; se habían retorcido de amor y para su sorpresa, aquella vulva arrugada tenía sensaciones antes desconocidas para ella. Cuando hubo sentido aquello sin creer que era pecado; salió desesperada por la calle, miraba, olía el sudor de los hombres. Comprendió entonces que la tarea no sería fácil; no quería que fuese cualquiera, tenía que gustarle. Jimena se convirtió en un animal a la espera observando siempre el estímulo específico que pudiera llevarla hasta su propósito. Ella tenía esa certeza en el corazón: iba a suceder, lo sabía.
Y apareció él; atento, amable, colaborador. Era casado pero eso no tenía importancia para Jimena, no estaba interesada en tener una vida con alguien ¿Para qué? Él la miró con ojos sudorosos, ojos de deseo, constató que el culo aún estaba en buenas condiciones; ella captó la señal. Cuando llegó el ansiado momento él la trató con paciencia, comprendió su situación. Ella jadeó, se contorsionó, se abrió como una flor, sus manos se crisparon, sus pechos fueron manoseados, por primera vez. Terminado todo sintió que aquella nube densa, poblada de infinitas partículas de prejuicios estaba disipada. Se había quitado miles de toneladas que pesaban en su vulva y que reclamaron desaparecer desde su más tierna adolescencia cuando, incólume, las había acallado; primero con miedo, luego con amargura.
Se sentó en un sillón y buscó en su cajón escondido un cigarrillo que había reservado durante años para aquella ocasión. Lo encendió con avidez y se quedó pensando en su sexo húmedo mientras veía las matas de mango que poblaban el patio de su casa. Al cigarrillo le dio una calada y dos; la sensación de mareo era insignificante, estaba feliz. El aire estaba quieto, todo en silencio; entonces Jimena pensó en su madre, en su cara amancillada, en su diminuta boca apretada como un puño, siempre. La recordó largo rato muerta con los ojos cerrados detrás del cristal del féretro. El cigarrillo se acababa y Jimena apuró la calada para aprovechar el residuo antes de que llegara al filtro, advirtió que a pesar de todo seguía feliz. Estaba muerta, muerta, muerta. Y repitió esto largo rato hasta que cayó la tarde y el cielo fue pintándose de rosado amarillento, para luego oscurecerse y quedar azulado.

5.15.2008

OTRA ENTREGA DEL CUENTO DE LA VENTANA


Me pidió por favor esperaba a que se vistiera, que si podíamos hablar en otro sitio, tal vez un café o un restaurante. Asentí y pensé inmediatamente en la situación incómoda a la que me exponía con su mujer y con los demás. No quise, sin embargo, discutirle. Salimos al poco rato. Mislevis me despidió con un saludo agrio, apenas un leve agitar de los dedos y una escueta sonrisa.
Escogí un sitio apartado pero acogedor, nadie nos escucharía. He de repetir que yo era y soy una mujer reservada y no quería que nadie conocido me viera con un jovencito. Juanito me miró impaciente, estaba nervioso. Le insté inmediatamente a que hablara de una buena vez, yo quería saberlo todo. Juanito no hablaba, sólo me miraba a los ojos fijamente con una mueca de disculpa, pensé en ese momento que tal vez quería dinero ¡Cómo podía haber sido tan tonta! No obtendría una versión verídica sin dinero. Le dije entonces lo que él esperaba escuchar: “¿Cuánto?”. Me respondió penoso, casi a modo de queja, con una cifra comedida, insignificante para mí. Hice un cheque al instante pero no se lo extendí, necesitaba primero la información. Juanito entonces se distendió, dio una excusa ridícula por la extorción y empezó a relatarme los hechos.
La mujer y el hombre habían aparecido, una noche de jueves, no recordaba la fecha. Al principio se había sorprendido, los dos sujetos eran atípicos, extrañamente armónicos, unas piezas de arte hechas seres humanos. Juanito no esperaba que le llamasen desde el intercomunicador a esa hora. Sin saber cómo aquellos dos sujetos sabían su nombre, le habían dicho:
―Hey, Juanito, ven aquí, queremos hablar contigo―
Juanito los miró y quedó fascinado, era como haberse encontrado con dos seres carismáticos, fuera de su alcance, frente a frente. Encima estos dos seres maravillosos se atrevían a hablarle,a llamarlo por su nombre,a reparar en él.

5.11.2008

"La enfermedad" Alberto Barrera Tyzska


He leído la novela ganadora del premio Herralde 2006 “La Enfermedad” de Alberto Barrera Tyszka, así que les lanzo esta crítica, que no pretende ser especializada, cuidada, atinada. Parte entonces esta bloguera de tierras cumanesas, de un marco observador y lector muy particular, informal, relajado.
***
Por casualidades de la vida la novela llegó a mi biblioteca pero yo nunca había osado leerla; ni siquiera agarrarla por el lomo, hurgar dentro de ella, ojear sus páginas. Vine a mi casa en Cumaná a pasar el fin de semana de la madre y no había traído nada qué leer, así que estaba la novela allí, invitándome. Fueron horas deliciosas de lectura puesto que la novela es verdaderamente corta y suave, su río argumental es liviano y sus constantes situaciones impiden el temido y común aburrimiento por parte del lector.
El argumento es sencillo: un médico, Andrés Miranda, se enfrenta al terrible diagnóstico de la enfermedad terminal de su padre. A partir de esta funesta noticia el protagonista debe sortear una innumerable cantidad de dilemas poblados de dudas, divagaciones éticas y recuerdos del pasado. Se debate entonces entre la verdad ante un paciente (no cualquier paciente) y la mentira placebo que aminore esa terrible carga que significa la enfermedad.
La otra trama importante también se enlaza al protagonista, Andrés Miranda. Un paciente suyo, Ernesto Durán, sufre constantes ataques de pánico que lo han llevado a un estado de ansiedad perenne, en donde cree perder la vida en cualquier momento. Su única esperanza: este médico atento, que lo examinó en un principio hasta que dictaminó su perfecta salud y la inutilidad de posteriores chequeos. Sin embargo, el paciente no entiende, se ofusca y se obsesiona hasta llegar al punto de abrumar al médico llamándole, siguiéndole y mandándole largos y desgarradores emails, que por supuesto, Miranda ni se digna a leer. Es entonces cuando la secretaria de Miranda (que atiende todas las llamadas y correos del paciente obseso), se empieza a introducir en la historia de Durán, a imaginarlo, a fantasear con su existencia e incluso involucrarse hasta el punto de usurpar la identidad de su jefe y contestar ella misma a los emails de Durán.
El desarrollo de la historia, por supuesto, está plagado de anécdotas pasadas del protagonista, recuerdos y sucesos oníricos que están íntimamente relacionados con la tragedia que representa La Enfermedad cercana y el abismo de la muerte de un ser querido.
Desde un punto de vista panorámico la novela retrata de manera muy vívida ese transcurrir del tiempo que irremediablemente lleva a ese estadio antecesor a la muerte. La Enfermedad es pensada, enhebrada en múltiples agujas que terminan construyendo un tapiz verídico y trascendental de un momento tan terrible como esa etapa de la enfermedad terminal.
A excepción de algunos pasajes de experiencias pasadas que me parecen francamente innecesarios, pero que si se piensa, dan un poco de frescura a la invencible amargura del argumento, la novela es estremecedora y cercana al lector; pone sobre la mesa de la narración muchas emociones porque apela a una experiencia inevitable, común a todos los seres humanos: la muerte y la enfermedad. De manera tal que esta ficción que se presenta con palabras sencillas, despojada de oraciones enrevesadas, es sin embargo un libro estremecedor, sobre todo para aquellos que hemos perdido a alguien querido por culpa del cáncer. La novela de Tyzka, entonces, es un símbolo, un retrato policromático de la enfermedad, un cristal literario que simbólicamente nos involucra, nos pone a pensar y nos muestra sin tapujos una realidad sencilla y terrible, antipática y contradictoriamente curativa.

5.05.2008

Ventana- Otro cap.

Le pedí la dirección a Esteban, el portero de la noche; me la dio dubitativo, extendiendo la mano con desconfianza. Lo miré fijo a los ojos y le dije que necesitaba averiguar sobre unas personas que me estaban acosando. Luego de haberle soltado aquella información me sentí torpe, había revelado algo confidencial ¡Qué insensata!
Manejé apresurada, no quería pensar en ellos, sólo observaba a los distintos transeúntes de aquellas calles sucias que vistos desde el lustroso cristal de la ventana del carro se me hacían ajenos. Quise entonces salirme de mi auto, ser ellos, seguir el camino de todos los seres desconocidos que por casualidad me tocaba ver. El sitio donde vivía Juanito era un barrio pobre alejado de la ciudad; los suburbios, a medida que el carro avanzaba, se hacían cada vez más deformes, de colores menos uniformes y la gente visible más numerosa. Ya había estado en sitios como aquellos, mi visita a los barrios no era la primera, mi pasado no había comenzado con el negocio pudiente que poseía. Tal vez yo no lo recordaba todo porque a veces era mejor olvidarse de la mayoría de las cosas dolorosas; tal vez yo recordaba demasiado y había decidido ser otra persona, con otra vida distinta.
Llegué finalmente a la casa de Juanito. Su mujer estaba cocinando y los dos hijos brincaban en el mueble de la sala. Todo estaba limpio y la comida olía bien. Mislevis, así se llamaba la mujer de Juanito, me hizo sentarme en el sillón en mejor estado de la sala y me dijo que llamaría a Juanito en breve. Su cara al principio fue de extrañeza y miedo, yo sabía que estaba preocupada por mi visita, así que la calmé diciéndole que sólo quería conversar con Juanito sobre su guardia de ayer. Le agregué que había ocurrido algo que a mí me interesaba y quería más información. La mujer no se calmó, seguí sus pupilas inquietas y el temblor de sus manos. A los pocos minutos apareció Juanito con cara somnolienta. Me miró y dio un respingo en el mismo sitio donde se encontraba. Nunca en la vida hubiera esperado encontrarme sentada en su sala. Respetuosamente me extendió la mano y me preguntó de la manera más educada qué se me ofrecía. Le dije que dos jóvenes de buena presencia habían irrumpido en el edificio y me estaban molestando, le pregunté si los había visto y le rogué fuera lo suficientemente sincero y explícito. Juanito contrajo los músculos de su cara, miró hacia abajo. En ese momento me dije que algo había pasado y que efectivamente no eran producto de mi imaginación: Juanito los había visto.

5.01.2008

EL ECLIPSE DE LA POESÍA




Comparto la idea que tienen algunos de despreciar el correo chatarra, las películas que desafían nuestra idiotez y los artículos amarillistas donde fotografías de escandalosos interfectos coronan una rudimentaria crónica de sucesos. Tal vez sean éstos formas loables de divertimento, instrumentos maravillosos que facilitan una catarsis en masa, productos del show bussines que nos reflejan lo que somos nosotros mismos. Pero independientemente de todas las bondades de las extra ligeras y morbosas formas de escape hay siniestramente una mecánica que nos propone un llamado de atención a lo que como cultura hemos elegido y ensalzado para divertirnos.

Es tal vez conmovedor y triste ver cómo la juventud actual desprecia a la literatura y sobre todo a la poesía como forma expresión artística del lenguaje. Leer un poema es realmente un sacrilegio para unos muchos, más aún hacerles entender por la fuerza que la esencia de la poesía está dentro de nosotros mismos y que enriquece de alguna manera nuestra sensibilidad y nuestro ser el encontrarnos con ella.

El eclipse de la poesía es una realidad que debemos asumir. Y utilizo la palabra eclipse para hacer mención al término que utilizara el poeta Eugenio Montejo en una entrevista concedida al periódico “El País” de España, en el año 2002. En dicha entrevista el poeta venezolano nos plantea la idea de la oscuridad transitoria de este género literario. Las atenciones de la sociedad actual están exclusivamente orientadas hacia los medios audiovisuales y desafortunadamente el esfuerzo por decodificar el conjunto de versos o líneas que compone un poema es nulo para la mayoría. Pero el hecho de plantear la idea de eclipse también nos alenta a la esperanza de la finitud de este período avasallantemente audiovisual y mercantilistamente estúpido. Premiar la idiotez conviene a muchos porque esto nos conduce a la sumisión y la irreflexión acerca de las cosas que nos rodean. Afortunadamente la poesía es parte nuestra cultura, y ha estado desde tiempos antiguos incluso antes de la existencia de la escritura. El canto es parte de nosotros, por eso es de esperarse que en un tiempo futuro irrumpa nuevamente la necesidad de enriquecimiento que nos haga despertar del letargo material y audiovisual, a fin de cuentas como dijo en aquella ocasión Montejo: “La poesía es la última religión que nos queda”.
Por Tarántula