4.25.2007

Continuación del libro mágico. 3era entrega.


Después de respirar varias veces el hombre se dispuso a subir. Sus pies resbalaban por las piedras, apenas sobresalientes del paredón, mientras sus manos se aferraban cual garras a los pequeños relieves superiores. Sudaba y sentía el correr de su sangre apresurada. Un paso. No había escapatoria, tenía que seguir. El esfuerzo lo retorcía, renunciaba y reanudaba la empresa constantemente.
A cada instante estaba más cerca de la meta. Sus manos se llenaban de esa cal mohosa que había predicho en sus desvariados deseos por conseguir el trofeo prometido.
Por un momento desistió. Deslizó las uñas de sus pies apenas unos milímetros, un tumulto de rocas rodó hasta dar con el suelo. El hombre escuchó el sonido del golpe. Volvió a apoyar sus pulgares en un montoncito escarpado y se aferró mucho más con sus manos.
Un aullido de tigre cantaba en su mente, nacía y se ondulaba con el correr del tiempo, acompasándose poco a poco. El canto desfilaba en medio de su furia frenética, era un rugir y una marca de la fuerza tenebrosa de su propósito.
El sol lo abarcó todo, ya era de día. El hombre se encontraba en la delgada superficie del muro. La emoción y la canción del tigre lo habían llevado hasta allí, con sus propias manos y pies había logrado alcanzar su meta. Un grito desgarbado, astroso, se escuchó en la inmensidad del silencio.
―¡Trabiiiiiiiiiiiii sooooooo mieablo cuscumilao sonen!―

4.18.2007

Ya nadie quiere leer


Vivo en una ciudad que se llama Cumaná, está en el oriente del país, en el Edo. Sucre, Venezuela. Cada día, a medida que pasa el tiempo, me empiezo a sentir cada vez más sola. Salgo al centro de la ciudad, camino por las calles abarrotadas de buhoneros, vendedores de CD compactos copiados, sentados al lado de esas cajas sonoras que emiten aireadamente esa contaminación sónica que me enloquece. Sólo reaggeton, sólo vallenato, nunca escucharás, jamás, un nocturno de Chopin, o algunos de los allegros de Vivaldi. Me topo con gente desaseada, con indigentes, y una vez, por casualidad, me encontré de frente con un tipo que me sacó un arma diciéndome que me iba a atracar y que le diera todo lo que tenía. Le pregunté qué le pasaba y se fue sin mayor explicación, con una sonrisita perversa.

Es bueno escuchar a todo el mundo, lo sé, pero muchas veces sostengo conversaciones con gente que sólo puede decir cosas soeces, vulgares, llenas de carcajadas obscenas que buscan recalcar la banalidad de lo antes dicho. Yo me deprimo. No quiero ser racista, no quiero, lo juro, no me importa y no juzgo a nadie por eso, pero siempre me toca pensar, tras todo eso, en algo mucho más grave: la incultura progresiva, vertiginosa, veloz, de la población. Es prácticamente un pecado decir que te divertiría tener una velada que consista en leer a Rambaud, Boudelaire, René Char, Alfonsina Storni, por ejemplo . Es prácticamente un pecado decir que prefieres quedarte en tu casa leyendo un buen libro a escuchar una sarta de idioteces que se superponen unas a otras enfrente de una botella de Solera o Regional Light. No digo que la vida social no sea necesaria, pero, es que muchas veces la rutina discursiva se repite y yo terminé por concluir que no estoy hecha para eso, que soy diferente y que prefiero; en resumidas cuentas, quedarme en casa.

Tal vez es que mis gustos no son iguales a los de los demás. Pero hay algo que me preocupa aún más: a casi nadie le gusta leer. Mis alumnos se horrorizan cuando les digo que ellos, unos niños de 13 años, pueden ser capaces de leer un libro y disfrutarlo. Y al comentar con otros profesores de Castellano y Literatura, que les mandé a leer un cuento de Frank Stockton, ¿La Dama o el Tigre?, de unas escuetas 12 páginas, se horrorizaron: “Eso es demasiado”―me dijeron―. Pero ¿Qué va a ser demasiado? si un muchacho de esos debería estar leyendo una novela por trimestre, por la vía pequeña. Pero, en el fondo, ellos tienes razón: el círculo es vicioso y no es buena idea mandarles a leer a Frank Stockton.

Ni ellos mandan a leer porque los niños no tienen capacidad, ni los estudiantes son capaces de leer si ellos los mandan ¿Es que hay que esperar hasta que tengan 15 años para exigirles leer el primer libro? No me parece. Pero no sé quien es el culpable. Es tan grande la lista de a quién habría que echarle la culpa de lo que está pasando en Venezuela que no sé ya quien la tiene. La culpa se diluyó, se esfumó porque el patuque fue tal que al final todos contribuimos todos los días a que la cosa siga igual. No hay un culpable pero la gente sólo escucha vallenato. No hay un culpable pero nadie se preocupa por ser culto. No hay un culpable pero muy, muy pocas personas disfrutan leer.

La realidad es esa. Yo me quedo siempre en mi casa, salvo contadas ocasiones en las que salgo y la paso francamente bien, remitida únicamente a un escaso grupo de amigos con quien disfruto conversar de muchas cosas sin aburrirme.

PD. Ayer me conmovió algo: tras haberles contado la historia de Ana Frank a mis estudiantes y haberles obsequiado fotocopias con fragmentos del diario, una alumna se me acercó y me preguntó dónde vendían el diario porque lo quería leer. Me dieron ganas de llorar, lo juro, fue para mí un momento mágico, sin palabras. Y lo fue porque es un colegio donde muchos niños pertenecen a bandas de delincuentes y donde prácticamente ningún estudiante se preocupa por siquiera comprender un párrafo.

4.10.2007

Ahora sí, corrección y adelanto de "El libro mágico"

La versión de un apócrifo libro de mutaciones corporales ha caído en manos de un oscuro personaje, un hombre excesivamente tímido, indiligente, anónimo. Se sabe que es peligroso porque, secretamente, el narrador tierno que cuenta esta historia conoce su pasado. No vamos a decir qué es lo que hay detrás de su vida porque eso no nos importa en estos momentos.
El libro vino a parar en su poder después de haber sido dado a la venta en un mercado de pulgas. El hombre tomó el libro, le acarició el lomo viejo y desteñido, rozó las páginas con sus dedos; al principio sin ningún fin, luego, con una tenebrosa motivación. Después de pagarle al gordo pelirrojo y fastidiado que lo tenía en venta, lo tomó entre sus manos (ya sabiéndolo suyo) y lo llevó a su casa sin siquiera otorgarle una escueta mirada.

Aquella noche encendió la lámpara de su mesa de estudio y leyó las primeras páginas. Se exponían las recetas más extravagantes para cambiar de sexo, de cuerpo y de mente con arcanos conjuros. Recordó entonces que, al menos, los primeros requisitos de una de las recetas podía cumplirlos. Debía, en primer lugar, escalar un muro mayor de cinco metros. El hombre buscó en su memoria dónde podía haber un paredón cercano con esas características. No lo hallaba. Empezó a pensar en aquél bar que él visitaba donde todo era verde: las paredes, las sillas, las mesas, las botellas, el traje del barman, el de las camareras, el piso, los baños, todo. Allí, había conocido a un hombre muy bien vestido y gordo que le había hablado de un muro muy alto al cual él no había podido saltar. Le había contado la aventura; él y sus amigos cuando eran muy jóvenes se habían decidido escalar aquél muro para probar su valentía. Pero la fuerte estructura de cemento los había vencido, no sin antes dejarles a todos ellos costillas rotas, muñecas fracturadas, brazos escayolados. El hombre pensó entonces que él sí podría saltarlo. Se armó de su mochila, su equipo de escalada y se encaminó al amplio paredón de cemento que bordeaba una fábrica abandonada a veinte kilómetros de allí.
Se fue al amanecer, las luces del pequeño auto contrastaban deslumbrantes en medio de la oscuridad. El coche ronroneaba, el hombre pensaba en lo que podría conseguir con la consecución de aquella meta; “primero el muro”―se decía― y una oscura felicidad lo traspasaba. Al alba el auto se detuvo: había llegado el hombre a su destino.
Una fuerza indescriptible lo sobrecogió, era como si todo su interior se desprendiera de lo que él era y renaciera continuamente bajo el embrujo de una extraña fuerza. Lo saltaría sin ayuda de ningún equipo de escalda, se adheriría a las paredes, le saldrían uñas largas y negras por el sudor de la tierra, impregnadas de cal y humedad, sus pies no resbalarían, encontrarían piedras pequeñas en donde poder apoyarse, y así iría, un paso, otro y llegaría a la meta; la delgada superficie del muro, allí conservaría el equilibrio y gritaría la primera parte del conjuro, estaría entonces más cerca de lograr su ansiado premio.

¿Cómo construyo mi cuento? Explicación

Un experimento. No sé qué salga de este cuento pero es un experimento. Las anteriores entregas eran un engaño, de ninguna manera pretenden ser un producto acabado. He querido, a través de esta prueba de ensayo y error hacer público mi intento de escribir. En realidad no pienso que haya escrito nada interesante y valioso. Tengo problemas de atención, por lo que se me hace sumamente difícil cuidar los detalles en la escritura, cosa que me ha traído numerosos problemas en mis tesinas, mis trabajos y mis exámenes en la universidad. Siempre me han puesto buenas notas no sin antes advertirme mis numerosos errores formales, descuidos, impertinencias y olvidos. Creo que por concentrarme siempre en las historias de los libros que leo, sólo en ellas, había olvidado darme cuenta de cómo se escribían las palabras, las oraciones, los párrafos. Hace cosa de unos pocos años ( por haber estudiado la carrera que estudié) me empecé a fijar en la formalidad, descubrí como una niña que crece los nuevos secretos de la vida adulta.

Sé que suena un poco loco todo ésto, pero no me importa lo que piense nadie. Yo sé que no es una excusa para escribir sin una total corrección ortográfica. Prometo mejorar, y seré muy cuidadosa con mis alumnos, como lo fui en mis prácticas docentes.

Lo que presento es un experimento, un ensayo de cuento. Tal vez la versión final no se parezca a la que voy a presentar ahora. Tampoco lo que estoy presentando está completo, es un cuento largo. Mi amigo, el escritor Rubi Guerra, me dijo que yo era mejor escribiendo cuentos largos. Tendré que tomarlo en cuenta porque con las minificciones no encontraba una salida satisfactoria.

Presento entonces un adelanto y una remozada versión de mi cuento "El libro mágico"

Espero la disfruten.

4.07.2007

¿por qué los perros son más felices que nosotros?


Tengo que hacer una aclaratoria muy importante antes de empezar esta cadena de pensamientos discursivos: los perros únicamente no son más felices; también los gatos, los chivos, las lombrices, los cuervos, las palomas, los leones, los loros, los mandriles, los dinosaurios (en su tiempo, claro), y pare usted de contar a toda la especie animal (al menos, por lo que respecta a esta entrada).

Ahora leo una novela de Juan Carlos Onetti que se titula "Cuando ya no importe"; la historia es apacible pero atróz, inmensa; y devela una profundidad que va más allá del discurso, de la ficción y de todo lo que está alrededor. Las palabras de Onetti (y esto es muy suyo) se expanden mucho después de haberse extinguido en el transcurrir del lector; ya nada vuelve a ser lo mismo cuando el silencio le sigue a la palabra, como diría Braudillard. Nada vuelve a ser lo mismo cuando leemos a Onetti. Tal vez cruel, real como una bofetada, Onetti nos transforma sin querer a medida que leemos sus novelas y relatos. Y es que para no ser la excepción Cuando ya nada importe, nos remite al fastidio de la existencia, a esa inmensidad y ese fracaso de la vida que en el fondo siempre nos ha tocado a todos.

Pero para seguir con las mascotas y los perros, debo recordar una idea de Onetti que leí hace un par de días y que me marcó profundamente, porque sus palabras se agrandaron y no cesaron de moverse, de deambular en mi mente, haciendo que ya nada fuera lo mismo. El médico Díaz Grey o Carr, no recuerdo en estos momentos con exactitud, expone que los perros a diferencia de los humanos pueden vivir con felicidad, sin preocupaciones reales porque realmente no saben que van a morir. Y estas palabras, que las había merodeado tanto en mis reflexiones, viendo a mi perra Camila, pensando en ella más allá de la idea de que fuera sólo un perro.

Los perros no saben que van a morir, y entonces ¿Qué pasaría si los seres humanos tampoco lo supiéramos? Es una idea abismal para mí; pensar que puedo vivir sin saber que voy a morir algún día. Pero es algo imposible. Lo sabemos y lo sabremos, a menos que pensemos en la muerte de otros como algo ajeno, distinto a nosotros mismos. Vivir ignorando que somos mortales, vivir la misma vida, los mismos exactos días, con las mismas miserias y las mismas alegrías pero sin esa punzante afirmación, superior a todo, infinitamente más real que cualquier cosa que nos aqueja, que nos rodea y que nos ciñe. La muerte es un Sí, y está en nuestra mente. Podemos olvidarla, creer que no existe, pero ésto sólo es momentáneo. Indefectiblemente, mientras vivimos, retornamos una y otra vez, cada cierto tiempo, muy esporádicamente (según sea el caso) a esa aseveración que es parte de nosotros mismos.

Pero los perros no lo saben, ellos no lo piensan, ni siquiera se lo plantean, y viven su vida; inmensa para ellos aunque sea más corta. Nosotros miramos en las tardes de lluvia a las carrozas fúnebres pasar por las avenidas transitadas, y nos lamentamos del horrendo tráfico, y todo el mundo dice “Un entierro, que fastidio, ahora sí llego tarde al trabajo”, y, entonces tú sabes secretamente que algún día serás tú, aunque no lo menciones, y te entristeces de ti mismo y de tu insoportable destino. Los piensas, si, seguro que todos lo piensan, que no sólo es el tráfico, alguna idea te ronda y te preguntas por qué vas a ir al trabajo, qué significa la vida en resumidas cuentas, todo para siempre morirse.

Pero los perros no lo saben, aunque se mueren, ellos no se lo piensan, viven, viven y mueren y esa idea les resbala, comen felices y apacibles creyendo que serán eternos.

CONTINUACIÓN DEL LIBRO MÁGICO (ENTREGA 2)


Al menos, los primeros requisitos podía cumplirlos. Debía en primer lugar escalar un alto muro. Éste debía ser mayor de cinco metros. El hombre buscó en su memoria dónde podía haber un muro cercano con esas características. No lo hallaba. Pensó de pronto en aquél bar donde todo era verde: las paredes, las sillas, las mesas, las botellas, el traje del barman, el de las camareras, el piso, los baños. Allí había conocido a un hombre muy bien vestido y gordo que le había hablado de un muro muy alto que no había podido saltar. Le había contado la aventura; él y sus amigos cuando eran muy jóvenes se habían decidido por brincar aquél muro para probar su valentía. Pero la fuerte estructura de cemento los había vencido, no sin antes dejarles a todos ellos costillas rotas, muñecas fracturadas, brazos escayolados. El hombre pensó entonces que él si podría saltarlo, esta vez sí. Buscó en su memoria las señales geográficas que él hombre gordo del bar le había dado en aquél momento. Recordó que estaría a tres kilómetros del pueblo, rodeando una antigua y abandonada fábrica de papel. Decidió saltarlo aquella misma noche. Se armó con su mochila, su equipo de escalada y se decidió a cumplir su primer requisito, tal como lo decía el libro mágico.