1.21.2009

EL VERDADERO FINAL

Teniendo en cuenta que en Madrid hay mucha gente friqui, quiero hablar hoy de la normalidad que sobrellevo desde hace algún tiempo. Por una extraña circunstancia soy llevada por un río urbano que me oprime dulcemente en la trayectoria del tiempo, de los días, de las horas y de los compromisos. Es curioso que ahora mismo piense en ese soneto de Quevedo y ese otro de Sor Juana en donde la reflexión del tiempo va magistralmente desarrollándose en los versos hasta llegar a una degradación sustancial de metáforas que son objetos y cosas de la vida diaria relacionadas con la palabra polvo. Se me ocurre entonces que esta normalidad es parte también de eso; un montón de partículas desparramadas en la nada de un tiempo que en algún momento solo será un recuerdo. Mi normalidad es natural, pero la naturalidad de la normalidad también tiene tufo hediondo; porque es un hongo descompuesto, que con el correr del tiempo se va transformando en lo que en realidad somos todos: degradación. Siento ser escatológica, barroca, siento ser incoherente e imprudente con este post. Pero los segundos progresan y yo quiero detener con la palabra a la descomposición, quiero echar un perfume desinfectante en lo hediondo del correr del tiempo, necesito que lo inconcluso sea…

1.13.2009

La mirada esquizoide


La silla se convirtió en una mujer sin cabeza con los brazos extendidos en la alfombra y las piernas abiertas. Las lianas tupidas se abrieron de par en par con un movimiento continuo, leve, como el de una cortina movediza, de allí fueron saliendo encajes que daban a luz una inmensa vagina palpitante. No era una mujer ¿o sí? , no tenía cabeza ¿La tenía? ; sugería su imagen la de un monstruo peligroso, silente y lerdo. Del cielo empezaron a manar montones de objetos: un carro de juguete de color rojo, un arco iris de plástico, una yanta; todos eran absorbidos por la siniestra y palpitante vagina.

La lluvia cesó. La vagina dejó de latir, el cuerpo inerte de lo que fue antes una silla ¿O una mujer? había expirado: ya pronto cambiaría el ojo y la mente y transformarían al objeto en lo que antes era. La próxima vez sería (la silla o mujer) una discreta y tímida nínfula contorsionista con dotes políglotas y titiriteros.