2.25.2008

Mi día con los Oscar

Ayer enfermé, no fue algo terrible pero sí incómodo. Estuve mucho tiempo tratando de normalizar mi organismo, dejarlo en un estado de equilibrio, sin embargo, no cedían mis síntomas. Yo en el fondo estaba contenta porque quería descansar y no tener ningún tipo de pretexto para moverme; tumbarme en la cama sin hacer nada era en ese momento una delicia para mi ánimo. Llegó la tarde y somnolienta lo único que escuchaba era la voz de Chávez por la televisión; en algún momento, impreciso para mí ahora, levanté la cabeza y vi al comandante montado en un caballo blanco, trotando a paso lento en lo que para él (seguro) debía de haber sido el descendiente del equino de Bolívar. Luego desperté por completo y entré en Internet, sólo para darme cuenta de que ese día era la entrega de los Premios Oscar. Tuve entonces la curiosidad y el deseo de mirar todo el despliegue de glamour publicitario.

Finalmente me quedé mirando inerte los premios porque, como ya he dicho antes, estaba enferma y no podía moverme mucho de la cama: confieso que no he visto casi ninguna de las películas que allí se nominaban, y me excuso porque no es mi culpa. En los cines locales sólo transmiten basura. Los que vivimos en ciudades carentes de un ambiente cultural decente, no tenemos otra opción que refugiarnos en ir al cine, ese ritual magnífico para mí, pero ¿Qué pasa cuando no podemos ver algo así vayamos al cine porque no hay nada? Nos transmiten y transmiten las mismas jodidas películas por semanas enteras: películas idiotas o sencillamente documentales que perfectamente podemos ver un domingo en Discovery Chanel sin pagar un centavo.

Pero no era de esto de lo que quería escribir, sino de los Oscar, esta ceremonia que por inercia vi (por primera vez, también confieso) hasta el final. Comparada con las otras entregas, esta fue mucho más deslucida, bajo perfil, casi susurrante. Había un silencio transparente, como una malla de plástico que cubría desde la punta del techo del teatro hasta la última suela del tacón de alguna distinguida asistente. No brilló. Me gustaron sin embargo los premios, hubo ciertamente algunas sorpresas, espero comentar con propiedad cuando haya visto las películas ganadoras y perdedoras, pero remitiéndome estrictamente a la ceremonia, no hubo mucho.

Es curioso cómo toda la industria del cine y la televisión depende de los guionistas, el ingenio escrito: ¿Qué es un vestido de Valentino sin el verbo del guión? Valdría la pena utilizar este momento de crisis (resuelto recientemente satisfactoriamente) para destacar la importancia de aquellos que no se ven frente a las cámaras, de aquellos escritores que hacen posible la industria del cine y a los cuales ( según mi humilde opinión) no se les ha destacado en su importante papel; qué curioso, tuvieron que hacer huelga para que todos reaccionaran y entendieran que sin historia no hay cine, sin cuento no hay cámaras, no hay tomas, no hay glamour, no hay Globos de Oro, Valentinos, y escenas de lágrimas al recibir la codiciada estatuilla.

2.08.2008

Yo y de mí

Un sin fin de cosas. La vida es apasible, a veces. Siempre estoy esperando que algo malo ocurra cuando supuestamente todo lo que me ocurre es bueno ( o medianamente aceptable) ¿Por qué siempre he de ser tan pesimista?

He de aprender a controlar mis emociones, a pensar que lo mejor es llegar a ser algún día un robot, a nunca equivocarme, a seguir por esa senda abierta de caminos mojados y dueños de alfombras de grama, la lluvia, la lluvia, la lluvia...

Hoy la vida es apasible o tenue, la lluvia me gusta siempre acompañada de una taza de humeante café, pienso entonces en la suavidad de la brisa del mar, en la calma de no sentirse adolorido, en la maravilla de estar vivo: soy pesimista, y cada instante pienso en el terrible momento en que la calma se acabe, se esfume, en que todo se vaya dibilitando, envejeciendo (todos envejecemos, esa es la verdad) y ya. La vida apasible, la lluvia y la tasa de humeante café, sigo pensando entonces en eso y en que soy pesimista y en que inevitablemente dejará de llover y el café se enfriará, como siempre.

2.07.2008

Porque soy una angustia...

Porque salir por aquí asusta, sobre todo de noche; las calles están desiertas y en el ambiente se respira el sudor del miedo a lo que no se sabe, a peligro, a lo real, a la violencia. Porque supongo que todos tememos por nuestra integridad y nos preguntamos qué pasó con ese país que a pesar de todo era distinto.

Nunca quise ser pesimista, siempre pensé, desde niña y con esperanza, que el país sería diferente, que vendría alguien con buenas intensiones y lo arreglaría, lo trataría como a una propiedad conseguida con mucho esfuerzo: pero no.

Nadie ha querido a este país y mucho menos aquellos que han tenido más poder. Todos quieren conseguir fortunas mal habidas, comodidades, respeto ¿Qué respeto se les puede tener a estos culpables? ¿Soy culpable yo? Y es que no sé calibrar realmente si de verdad hay una cuota de culpa en todos nosotros. Tal vez seamos llevados por un río que perversamente nos ha traído hasta aquí, tal vez el destino nos ha signado esta situación.

No me siento de ninguna manera orgullosa de lo que está sucediendo actualmente en Venezuela; debemos ser responsables, debemos reprendernos y no taparnos con paños de aguas evasivas que consiguen montarnos ese cuento absurdo de que somos super arrechísimos pero lamentablemente hemos tenido mala suerte, no, no me lo creo. No hacemos trabajo, no hacemos amor por lo que hacemos, no fabricamos eficiencia y orden.

Cada día veo cómo el país se deteriora, camino por las calles sucias y llenas de gente que bebe con aspecto de delincuentes y escucho, sin querer, la frase de una chica sentada en una caja de cartón, con las piernas abiertas: "Tengo ganas de cagá", dice, y un coro de gente a su alrededor se ríe, la aplaude y celebra la gracia, rápidamente vienen a mi mente todas las páginas aprendidas de conductismo (se celebra la ordinariez, se deploran las buenas costumbres, el respeto) y me digo entonces que tiene y tenía razón Rafael Cadenas cuando escribió su ensayo "La quiebra del lenguaje", si se enaltece la vulgaridad, el lenguaje soez, si leer es prácticamente un oprobio, vaya usted a saber en qué nos iremos a convertir.

Porque el presidente habla chabacano, porque hablar ordinario, ser ordinario es chévere, porque todos somos "este", "osea", "EHH", "tabanos" , "estábanos", y así sucesivamente; ya.

No hay motivos para no sentir esta angustia, no hay motivos para no sentirnos culpables, no hay razones para no vivir cada día más en nuestra concha, en nuestro refugio, si tenemos la suerte de tenerlo.

Así que aunque esta realidad sea una infamia para aquellos que con esfuerzo y trabajo han podido hacerse un panorama de visión más amplio, tendremos que irnos acostumbrando al cambio, tendremos que aceptar la idea, ir cambiando paulatinamente, siendo parte de la masa, acostumbrándonos a este deterioro, así es la supervivencia "En el país donde fueres haz lo que vieres".