10.19.2012

Go to Madrid

Finalmente después de un año vuelvo a Madrid. Es extraño reencontrarte con una ciudad con la que viviste, supongo que puede ser como reencontrarse con un ex novio en una tienda de zapatos ¿o no? Vuelvo otra vez a Madrid, la verdad he viajado un montón este año casi sin querer. Me gusta mucho viajar cuando no viajo y cuando viajo no me gusta viajar. De cualquier forma una ciudad como Madrid vale la pena una visita.

Y me pone feliz volver a estar otra vez allí.

10.18.2012

MáSCARAS MORTUORIAS

Máscara mortuoria de James Deam (1931-1955)
  
Son las 12.59 y me duele la cabeza. He estudiado durante 21 minutos historia del español y la verdad gusta mucho, pero debo hacer una intensa actividad mental para memorizarlo todo. Busco una de las guías “El londes por menos de 10 libras” me pongo a leerla en alemán, entiendo la mitad y deduzco la otra mitad. A los 10 minutos me duele la cabeza, quiero descansar.
Miro a mi izquierda, hoy me he sentado al lado de la sección de biografías, por casualidad veo un libro que se llama “Das Letze Porträt” se trata de una recopilación de fotografías de máscaras mortuorias hechas a personajes célebres. Lo ojeo. Miro la cara de Shakespeare y me asombro, jamás pude haber imaginado que Shakespeare pudiera haber muerto así. Creo recordar que nunca había visto antes una foto de William, su cara muestra signos de juventud, supongo que una persona que muere a los 52 años aún posee rasgos juveniles, tal vez sus pómulos y sus carrillos, su mandíbula no se ha convertido en un pellejo que cuelga.
Richard Wagner parece que riera, la máscara mortuoria de yeso o lo que sea está ligeramente inclinada, como cuando tienes cierta complicidad con alguien y te acercas a él ligeramente con la cabeza, me impacta, pero no es de ninguna manera truculento su efecto. Estas mascaras mortuorias parecen no estar tristes- Me digo- a excepción de algunos personajes que causan estupor por la infinita tristeza reflejada a través del pedazo de yeso, tal es el caso de Pascal y de Rousseau. Creo que Rosseau es definitivamente el más triste de todos, el yeso refleja aún la dureza de los rasgos, el contraste de las líneas que dan cuenta de la lucha forsoza e inútil con la muerte. Me conmuevo. Pienso mientras lo miro que su sumisión es finalmente la sumisión obligada de los esclavos ante el amo tirano, el apagamiento necesario ante una rebeldía inútil. He visto estos ragos en la cara de los hombres de muchas fotografías memorables, en personas impotentes que he conocido, son los mismos ragos de aquél que ha sufrido una tremenda injusticia, en el caso de Rosseau, la última.

10.09.2012

Unas llaves y todo lo que pienso mientras leo I

 



Ahora mismo leo a Antonio Machado, pero solo pienso en mis necesidades fisiológicas que al parecer se están volviendo más urgentes con cada minuto que pasa. Sé que el baño está en el segundo piso, pero me acabo de instalar en esta silla tan cómoda y la verdad que me da fastidio subir a menos que sea muy urgente. En esta biblioteca hay unos mullidos sillones, forman una larga hilera, y justo en el medio de cada dos de ellos, hay una pequeña tabla suspendida sobre el descanso de dos pies de amigo. Hoy he encontrado casi todos los sillones ocupados. Generalmente busco los sillones cercanos a la sección de libros de decoración porque casi nunca nadie repara en ellos y en sus alrededores hay casi siempre sillones vacíos. Frente al sillón donde me siento encuentro unas llaves, alguien seguramente las ha dejado olvidadas cuando se ha sentado (¿A leer un libro de decoración, tal vez?), las miro detenidamente y me doy cuenta que al dejarlas, su dueño se ha buscado un día de úlceras, de reclamos internos, de complicaciones, esperas; llegará a su casa, buscará sus llaves y no las encontrará. No sabrá a ciencia cierta que las ha dejado olvidadas, abandonadas en el sillón de la biblioteca que yo tengo enfrente. Puede que repase los lugares donde estuvo, la biblioteca será uno de ellos; pero como seguramente habrá estado en algunos otros tres o cuatro sitios, se lamentará de la torpeza de haberlas perdido, porque ante la variedad de posibilidades y alternativas que representa el salir a la calle, un objeto diminuto como un manojo de llaves es como un pez en el mar. Y yo, que no tengo nada que ver con sus Schlüssels (llaves en alemán), que no sé ni siquiera qué puerta abren, las estoy mirando, sin que nada me importe de ellas.