1.18.2018

Yo y la vasculitis

El por qué me juego todos los días la vida en este país de mierda al que emigré.

Resulta que todos los inmigrantes, por mucho que nos creamos que somos la hostia, nos llega a molestar el país donde caímos. Vamos, seamos sinceros, ¿a quién le interesa emigrar? si, que experiencia tan maravillosa, llena de enseñanzas (farsa). Emigrar es un paquete chileno porque el mundo está lleno de etnocéntricos, es decir, gente a la que solo le importan sus narices, sus canciones, sus chistes y sus acentos.  Todo este rollo de intercambio de culturas y felicidad de aperturas es lindo, pero no real. Todo inmigrante se enfrenta con cierto rechazo y cierto deber de acomodación que procura acomodarse al nuevo país renunciando a tu niñez y a tus canciones, bla , bla , bla.


El alemán para gente bruta como yo, es un martirio. Yo no consigo entenderlo del todo, lo escribo mal y lo hablo peor que un marginal sin estudios. Aún así, tengo que confesar  que la vida sigue y hay que comprar el pan, intentar socializar ( a mi me resultado imposible), que te ingresen todos los días una nómina a la cuenta. 

Reconozco el error de vivir aquí, pero no queda más remedio que resignarse, aceptar la mierda gris , y hoy, por cierto, hizo otro día gris. 

Con el pasar de los años, no sé cómo calificar mi relación con los alemanes. Creo que son panas de una manera superficial, cuando los escarbas un poco no son panas tuyos, porque la verdad es que son muy individualistas y ya tienen su círculo de amigos, 3 a lo sumo, no fuiste tú. Pocas veces ves a un alemán pidiéndote clemencia y rogando por tu amistad.  Quien me diga que sí, y que ha conseguido la proeza de los deseos de Roberto Carlos, que me llame, quiero la receta. 

Así que nos valemos de las marramucias y autoengaños más elaborados para convencernos de que estamos muy felices en este país. Pero no es así…no, señor, ¿cómo te puedes sentir feliz hablando peor que el analfabeto con menos luces, después de haberte pasado años estudiando? ¿a quién se le ocurre?  

***
He medido mis pulsaciones después de ponerme a escribir este párrafo y han bajado en cuatro, y eso que estoy hablando de un asunto que me produce una arrechera descomunal. 

El 24 de diciembre, mientras cocinaba la ensalada de navidad me vi por casualidad las piernas. Tenía unas enormes manchas rojas. Fui a urgencias tres veces sin que los pedantes médicos alemanes dieran con la causa. Me mandaron antialérgicos y tan campantes. Una dra. rusa se asustó y pensó (con razón) que era algo serio. Fui tres dos veces más a la clínica de la piel, hasta que finalmente me diagnosticaron. Mi prima, dra. venezolana de un país tercenmundista ya me había dicho el diagnóstico con solo ver la foto de wasap. 

Pasé en el hospital 6 días. Fue una experiencia que aún no logro aprehender con palabras. Quiero escribirla para dejarla atrás. Porque me gustaría describir lo que siente una persona cuando le dan un diagnóstico de algo serio. Afortunadamente mi cuerpo se ha recuperado estupendamente y ahora solo me quedan algunas secuelas que espero se vayan (mis manos tiemblan, cansancio extremo). 

La vasculitis es una enfermedad que se controla con corticoides, pero tiene que controlarse. Aun siendo yo la persona más miedosa del mundo, pude afrontar todo esto con cierta enteresa y dignidad. Acepté mi destino y en este momento doy gracias que las cosas malas ocurren, ahora mismo, me siento más poderosa, más grande.
En el fondo, todo es cuestión de dar un paso, y otro.

Transitar el camino. Aún cuando sea un infierno, carajo. 
El estrés de un país como este ha hecho que mi cuerpo haya reventado. Sinceramente hay que llenarse de piedras por dentro, tirarselas a cualquiera que se meta con nosotros, a la mínima, sin contemplaciones. El cuerpo no tiene derecho a reventar, no ,no. 

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