8.07.2013

Katherine Mansfield



Katherine Mansfield, 1916
Ahora leo a Katherine Mansfield. A medida que avanzo en su lectura puedo sentir sus palabras, creo que podemos llegar a amar verdaderamente a un discurso escrito, tanto como a una persona. No es fácil describir la fascinación pues se presenta de tantos modos... Admiro esa capacidad para enaltecer los detalles que nos rodean, no es la cotidianidad lo que impacta en su escritura sino la observación de aquello que normalmente pasa desapercibido, esa observación suya, tan acorde a algo personal e íntimo, reconstruye el detalle, lo razona, lo viste de una particular importancia y revela sorpresivamente el secreto de una repentina epifanía. Por haberme otorgado, a cada paso de su diario, las majestuosas maneras de lo minúsculo, yo me envuelvo en ella, siento que está allí a mi lado, contándome todas sus inseguridades, ingenuidades, pasiones arrebatadoras, remembranzas.

La leí en inglés en “A German Pension”, y también me gustó. Supongo que no tanto como su diario, porque creo que tal vez la pena es que mi pobre conocimiento del inglés no me permitió poder introducirme en su gracia. Creo que es una escritora mágica, injustamente olvidada y sin duda, desde que por casualidad la descubrí a raíz de una nota en internet, mi escritora preferida. Sus cuentos son sencillos pero pienso que tremendamente difíciles de escribir y emular. Murió con 34 años, la edad que tengo yo ahora mismo, a raíz de una sífilis que se transformó en tuberculosis, la cual contrajo producto de sus muchas relaciones con amantes. En su diario se puede descubrir esa intensidad por la vida, la búsqueda de lo irresoluto a través del amor, del sexo.

Mansfield descubre a cada paso el dolor del amor, y la muerte es para ella un medio de vivirlo, comprender el valor que tienen los fantasmas, los suyos, que son prácticamente todas aquellas personas a las que quiso, porque pienso que Mansfield siempre estuvo rodeada de espíritus vivos y muertos, y todo ese conjunto de emociones eran los ausentes, la mayoría las personas que alguna vez pasaron por su vida.

Creo que si hubiera conocido a Katerine Mansfield, habiéndola leído previamente, hubiese tenido ganas de abrazarla y pedirle que por favor estuviera sencillamente un rato en silencio a mi lado. Creo que tal vez haríamos algo parecido si tuviésemos la suerte de leer los diarios íntimos de muchas personas, acompañar en el silencio, porque sabiéndolo todo, podemos sentir lo hermoso de ser un ser humano teniendo la conciencia de un cuerpo cuyos padecimientos conocemos.

No me quiero ir, sin antes dejar un fragmento de su diario.


Esta tarde volví a casa y llegó F. Yo estaba de pie en el estudio y alguien silbó en el sendero. Era él. Salí y compré leche, miel y pan Veda. En seguida nos sentamos a tomar el té y charlamos. Este hombre es en muchos sentidos extraordinariamente como yo. Me gusta tanto: me siento tan honesta con él que se convierte simplemente en una de mis verdaderas alegrías, una de las verdaderas alegrías de mi vida, que él venga a charlar y a estar conmigo (…) Existe un división: la gente que es mi gente, la gente que no es mi gente. El es mío. Le regalé mi ranita.
(…)
Es sorprendente la violencia con que se sacude una gran rama cuando un tonto pajarito la abandona. Supongo que el pájaro lo sabe y se siente inmensamente arrogante...

1 comentario:

Garriga dijo...

creo que es muy bello eso de querer sencillamente sentarse un rato al lado de alguien, en silencio.
Tal vez tenga que ver con eso que ella dice, de que ese tal R le parece la persona más honesta que conoce

La honestidad, en este caso, la pureza de la verdad
que descubrimos al penetrar, al completar como lectores, la escritura de los otros.
chau