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La pelirroja y su amigo, Bótox e Imanol Arias.

Lo dicho es cierto y la conversación es transcrita tal cual sucedió. Al lado de mi mesa hay una bandeja con los restos de lo que fue antes un canapé lleno de dandis y caramelos de chocolate. Estoy en una cafetería. Pido un pedazo café de canela que llaman Panna Canela, no sé pronunciar el nombre y mi timidez me impide pedir cosas que tienen nombres que nunca antes había escuchado. Acabo de hacer un amago de ponerme los audífonos, pero he desistido de la idea de manera automática. A mi lado hay una pareja de amigos que conversan. La mujer es muy llamativa, tiene el cabello ensortijado y rojo, los labios son gruesos, probablemente productos de la cirugía y la vanidad; sus ojos, coloreados de sombra negra obscura, hacen a su boca muy expresiva, al igual que a sus pestañas que se mueven constantemente mientras hace cada afirmación. Podría decir que es atractiva, sin embargo, tiene ese tipo de belleza y carisma variable, dependiendo del receptor, la situación y la cantidad de maquillaje. ...

Epitafio

Las fotos de arriba corresponden: uno) la cara de quien fuera en vida el poeta prusiano Henry von Kleist dos) La tumba que contiene uno de los mejores epitafios de poetas. Kelist una buena mañana, luego de haber hecho un balance de su vida difícil( lo del balance son suposiciones de los cronistas), llena de injusticias, privaciones de libertad y frustraciones; ante el iminente desastre en la recepción de su última obra decide junto a su mujer (acosada por un cáncer en etapa avanzada) irse a la orilla de un río y pegarle un tiro para luego pegárselo él. La romántica y shakespereana "realidad" histórica inmortalizó a este poeta: primero por haberse programado el romántico suicidio. Luego, como receptores de su obra, por nuestras morbosas esencias y el resultado de su furiosa, destellante y avasallante y legendaria defunsión. Uno de los versos de su obra el príncipe de Hamburgo fue puesto en su epitafio. Una contradicción y certeza, una paradoja aterradora y descomunalmente sa...

el viajero empedernido o cómo meterse en la vida de Maqroll el Gaviero, mi dolor de cabeza, mi tema de tesis

Se cuenta que todo viajero empedernido es un errante; con causa o sin ella deambula por horizontes diferentes cuyos matices y atardeceres presentan distintos colores; y los rostros encontrados son miradas que poseen la carga de los múltiples pasados, relacionados siempre, claro está, con sus maneras distintas de ver el ambiente. Se encuentra el viajero empedernido con su propia trayectoria, llena de sabores y olores y vistas y cadenas habladas. El viajero empedernido es ese punto de contacto entre el riel y el tren. Por tanto, los caminos y las voces de los caminos son el pan del viajero. Su vida es cambiar, es tener siempre la certeza de no sentir el apego; es la subsistencia escogida que va perdiendo poco a poco la identidad y que se difumina en múltiples tiempos y espacios contenidos siempre en la estela dejada en el pasado; que se corta con el nudo del presente y que se extiende como un humo de incienso en el futuro.
Hoy no ha sido un buen día. Ha llegado el momento en el que la tensión de las lecturas continuadas, sus abigarramientos en mi ya detenido cerebro me han hecho mella. Hoy no he dormido bien y no tengo ganas de ser gente. No quiero ni puedo pensar y lo peor es que debo hacerlo. Tal vez sea narcisista por estar escribiendo esto. Hoy no quiero escribir ni producir nada, pero debo hacerlo. Mientras más escribo más me convenzo de la inutilidad de mi tarea, entonces no entiendo para qué sirve lo que hago. NO sé qué hago. No sé si hago algo. EL sentirse inútil es lo más terrible que puede pasarle a alguien. Tal vez sea bueno que escuche música.

Loco

¿Por qué alguien puede llegar a volverse loco? O, al menos ¿creer que lo está? Supongo que la locura no es un adjetivo de gente extraordinaria, sucia, que lleva cajas vacías y trata de comer un pan remendado, regalado en una panadería. La locura más bien radica en aquellas cosas sutiles que muchos ostentan y gritan aunque parezcan inadvertidas y carezcan de la actitud resignada del que acepta, al fin, sus miserias. Supongo que yo he estado loca en algún momento de mi vida. Seguro he hecho cosas comprensibles, abominables, incorregibles, pendencieras: qué orgullo. Pero lamento aceptar también (Y tal vez esto sea un signo más de locura) que: Conozco a tantos locos como a gente, sobre todo conozco a países enteros locos. PD: Es tarea del lector, aunque sea evidente, relacionar lo dicho con la imagen ¿Fácil, no? PD:La foto proviene de un artículo similar de un artículo del blog del señor Carlos Casanova : http://www.eduardocasanova.com/

Entre el asco y la furia

Esta vez me monto en el metro y escucho música instrumental, resuenan platillos en el fondo, un bajo (creo), varias flautas en forma de caballos de mar. Mientras, abro el libro que me ocupa ahora Las máscaras del héroe . Leo sobre la condición humana de la antigua Grecia, la explicación de los mitos teniendo en cuenta la economía griega, Prometeo, Démeter, Eleusis: bla, bla, bla. Ahora bien; mi mundo instrumental sigue ondulando, entra una pareja al vagón. Él, tendría (tiene) unos setenta años o quizás 35, no podría decirlo; su rostro no tenía (tiene) edad, era (es) extremadamente delgado, dos incipientes arrugas surcaban los lados laterales de su boca grande, larga. Llevaba un par de gafas verdes, de gruesos vidrios. Su cabello era (es) marrón, liso, ligeramente largo. Repito esto porque me pareció muy impactante: su mirada no delataba su edad. Parecía (parece) un niño sosegado, un anciano tenue, un adulto quieto, lo cual tampoco daba la impresión, a quien lo mirase, de tener alguna...

Desde la distancia...

Ya no quiero ser lo que creí quería. Pienso en el aspecto siniestro de los académicos, de los profesores universitarios. Todos pasado el tiempo son recubiertos por un polvillo gris o amarillento, que es imperceptible a sus propios ojos. Me gustaba más leer literatura sin pensar en lo que la obra implicaba. En la filosofía de su construcción y su forma, no quería entenderla, solo sentirla. Sin embargo, muchas veces nos convertimos en lo que somos porque al elegir, no sabíamos en realidad los bemoles, las callejuelas, los recovecos que en realidad componían aquella cosa objeto de nuestro deseo. O tal vez sí, con el tiempo, desde la distancia, todo se ve más glamoroso e ilustre. Tal vez sólo quería aquello que se miraba a través del espejo del tiempo. Cuando nos vamos poniendo viejos nos volvemos más ciegos, empezamos a ver todo desde la distancia, la subjetiva distancia.