Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando las entradas con la etiqueta Cuento corto

El chivo

En Araya hay chivos que comen... no sé qué comen los chivos. Yo siempre pensé que eran unos señores mayores, que sabían mucho de la vida, se tocaban la barbilla y pensaban en filosofía. Tal vez estos chivos habían leído a Kant, a Marx,a Shopenhauer. Siempre me dijeron que los chivos eran mayores que yo, por lo que no podía pensar en ellos como jóvenes criaturas nacidas hace pocos meses, comiendo tierra en Araya, en Uruguay, en Brasil. Cuando era pequeña los vi por primera vez en la montaña misteriosa que se alzaba detrás del patio de mi abuela. Pienso en ese sitio ahora y no me puedo creer que fuese tan grande y con tantos árboles y tan inmenso como todas las cosas en América, llanas, espaciosas, jóvenes como un junco recién nacido. Me alegra recordar, desde la distancia española, aquel sol de Araya y a los chivos. Creo aún que si tuviera algún problema y viera por casualidad a alguno de ellos comiendo un poco de tierra árida, rocosa, le pediría disculpas por interrumpir tan importante...

Nataniel Hawthorn

Creo que era de Nataniel Hawthrn ese cuento tan inquietante, "El huésped ambicioso" últimamente los recuerdo tan intensamente, entonces las cosas dejan de tener importancia.

la mujer y el perro

  (Parque donde suceden los hechos relatados) Una persona que pasa todo el día en casa de algo tiene que ocuparse. Por circunstancias me ha tocado ser testigo de un hecho trágico ocurrido justo en el parquecito que da a la ventana de mi cuarto. Día tras día, a las 10 de la mañana o algo así, una mujer sacaba a pasear a su perro al parque. Si el perro echaba sus mojones, la mujer le daba un conglomerado de carne que tiraba a un metro de distancia para que el perro lo devorara. El problema ocurría si el perro no echaba nada; la mujer, presa de una furia atroz, agarraba la cadena por la que sujetaba al perro y empezaba a dar vueltas como Conan la Bárbara mientras el perrito chillaba. La situación no hacía más que pasmarme. Me desesperé mucho y pensé en llamar a una sociedad protectora de animales, no sé si tenían policías, pero tal vez hubieran podido apersonarse y linchar a la vieja. Por cobarde, no hice nada. Día tras día deseaba que el perro cagara y que la vieja no hiciera su ...

CARTA A LOS MALOS AMIGOS

Pensé escribir hace unos días un post sobre mi inquina febril hacia cierta actitud que algunos amigos me profesaron al llegar a Venezuela. Nunca he sido de esas personas que a flor de conversación sacan a relucir sus logros académicos, los libros leídos, los viajes hechos, los lujos permitidos, las bondades de la pareja de turno. No me gusta, aparte me parece aburrido y turbio teniendo en cuenta que muchas veces, a mis ojos, quedas más por un charlatán que por una persona digna de admiración. Por la misma razón no puedo soportar que gente insolente y desprovista de cualquier brillo intelectual tenga que remarcar a diestra y siniestra sus orgullos académicos, mirándote con aquella suficiencia perdona vidas, montados en el pedestal de su ilusoria superioridad. Esta descripción de personaje no la hago ciertamente por mis malos amigos, aquellos que inconsciente (o conscientemente, ¿por qué no?) me odian; sino porque después de estar aquí dos meses, metiendo SOLO la barbilla en el mundillo ...

JIMENA, MUJER

La historia de Jimena es simple: una mujer nació en una familia castradora padeciendo, por años, la terrible angustia de sentirse una abúlica, frígida e insípida solterona. Jimena nunca quiso verse allá abajo; no quería constatar que su sexo, tantas veces imaginado y comparado con el de otras solteronas, podría estar arrugado como una pasa. Cuando la madre murió Jimena no quiso llorar, en el fondo, ante el duelo, había sentido cierta cosquilla de placer en la parte baja de su vientre, un ligero ardor en los labios inferiores, un encrespamiento y una lava que caía sin querer, que estaba allí, fangosa, moviéndose en la espesura de sus adentros. Había muerto su madre y por primera vez Jimena se atrevió a reconocer un deseo, unas ganas grandes de que algo la poseyera, o alguien. Guardó luto cerrado por un año mientras practicaba en la soledad de su casa las distintas formas de divertirse con lo prohibido. Gimió, sus manos habían lamido, hurgado, tocado; se habían retorcido de amor y...

La muchacha del parque

Merello/Retrato de Margot Andrea está sentada en un banco. El parque de los Lloviosos es frío, pero ahora está fresco y agradable, hay dos mujeres conversando: una se ríe de repente y la otra susurra cosas interminablemente mientras esboza sonrisas astutas, malignas. De repente; risas, carcajadas al unísono. Andrea piensa en la vida y su fugacidad, no quiere que se acabe nunca, no imagina cómo pudiera ser la muerte. Mira las hojas desnudas y desvalidas de las copas de los árboles que tiene enfrente, dos viejos están sentados en los extremos de un mismo banco. Hay brisa. Andrea siente envidia de las dos mujeres, quiere ser como ellas y divertirse, tener algo importante, interesante qué decir, se da cuenta que no hay nada que valga para ella en esos momentos. Un rato después un hombre apuesto desfila frente a la plazoleta del parque Lloviosos. Espera a alguien. Andrea lo mira, lo observa detenidamente y se da cuenta que su corazón, sin comprenderlo, se sobresalta; algún rasgo ha visto ...