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Loco

¿Por qué alguien puede llegar a volverse loco? O, al menos ¿creer que lo está? Supongo que la locura no es un adjetivo de gente extraordinaria, sucia, que lleva cajas vacías y trata de comer un pan remendado, regalado en una panadería. La locura más bien radica en aquellas cosas sutiles que muchos ostentan y gritan aunque parezcan inadvertidas y carezcan de la actitud resignada del que acepta, al fin, sus miserias. Supongo que yo he estado loca en algún momento de mi vida. Seguro he hecho cosas comprensibles, abominables, incorregibles, pendencieras: qué orgullo. Pero lamento aceptar también (Y tal vez esto sea un signo más de locura) que: Conozco a tantos locos como a gente, sobre todo conozco a países enteros locos. PD: Es tarea del lector, aunque sea evidente, relacionar lo dicho con la imagen ¿Fácil, no? PD:La foto proviene de un artículo similar de un artículo del blog del señor Carlos Casanova : http://www.eduardocasanova.com/

Entre el asco y la furia

Esta vez me monto en el metro y escucho música instrumental, resuenan platillos en el fondo, un bajo (creo), varias flautas en forma de caballos de mar. Mientras, abro el libro que me ocupa ahora Las máscaras del héroe . Leo sobre la condición humana de la antigua Grecia, la explicación de los mitos teniendo en cuenta la economía griega, Prometeo, Démeter, Eleusis: bla, bla, bla. Ahora bien; mi mundo instrumental sigue ondulando, entra una pareja al vagón. Él, tendría (tiene) unos setenta años o quizás 35, no podría decirlo; su rostro no tenía (tiene) edad, era (es) extremadamente delgado, dos incipientes arrugas surcaban los lados laterales de su boca grande, larga. Llevaba un par de gafas verdes, de gruesos vidrios. Su cabello era (es) marrón, liso, ligeramente largo. Repito esto porque me pareció muy impactante: su mirada no delataba su edad. Parecía (parece) un niño sosegado, un anciano tenue, un adulto quieto, lo cual tampoco daba la impresión, a quien lo mirase, de tener alguna...

Desde la distancia...

Ya no quiero ser lo que creí quería. Pienso en el aspecto siniestro de los académicos, de los profesores universitarios. Todos pasado el tiempo son recubiertos por un polvillo gris o amarillento, que es imperceptible a sus propios ojos. Me gustaba más leer literatura sin pensar en lo que la obra implicaba. En la filosofía de su construcción y su forma, no quería entenderla, solo sentirla. Sin embargo, muchas veces nos convertimos en lo que somos porque al elegir, no sabíamos en realidad los bemoles, las callejuelas, los recovecos que en realidad componían aquella cosa objeto de nuestro deseo. O tal vez sí, con el tiempo, desde la distancia, todo se ve más glamoroso e ilustre. Tal vez sólo quería aquello que se miraba a través del espejo del tiempo. Cuando nos vamos poniendo viejos nos volvemos más ciegos, empezamos a ver todo desde la distancia, la subjetiva distancia.

Un fragmento

“los hombres---pensé—cambian tan poco, siguen siendo tan ellos mismos, que sólo existe una historia de amor desde el principio de los tiempos, repetido al infinito sin perder su terrible sencillez, su irremediable desventura” Álvaro Mutis , La última escala del Tramp Streamer

La carta

Podría escribir un tratado de lo que pienso mientras la maldita raya vertical titila. El abismo de aparecer / desaparecer hace que mis pensamientos hayan de significar para mí un constante reto. Hay múltiples o tal vez más que múltiples infinitas opciones de comienzo. Me desespero con la intermitencia, que crece a medida que pasa cada segundo; un segundo que aumenta aún más mi sensación de infertilidad. Mis extremidades inferiores, suspendidas y tensas en mis sienes, se congelan y se duermen con el pasar del tiempo. La línea vertical negra, de aproximadamente 2 cm, sigue allí. Hay un reloj en mi interior que clama, pide y ruega porque yo me reproduzca, porque yo diga quién soy a través de las palabras. La sequedad, la sensación de torpeza que va extendiéndose por mi cuerpo; en eso me convierto. *** Han pasado dos horas, continúo enfrente a la portátil. Tengo que entregar un artefacto hecho de palabras, sin embargo, escucho una canción de moda por la radio, una canción que apesta, que...

EL VERDADERO FINAL

Teniendo en cuenta que en Madrid hay mucha gente friqui, quiero hablar hoy de la normalidad que sobrellevo desde hace algún tiempo. Por una extraña circunstancia soy llevada por un río urbano que me oprime dulcemente en la trayectoria del tiempo, de los días, de las horas y de los compromisos. Es curioso que ahora mismo piense en ese soneto de Quevedo y ese otro de Sor Juana en donde la reflexión del tiempo va magistralmente desarrollándose en los versos hasta llegar a una degradación sustancial de metáforas que son objetos y cosas de la vida diaria relacionadas con la palabra polvo. Se me ocurre entonces que esta normalidad es parte también de eso; un montón de partículas desparramadas en la nada de un tiempo que en algún momento solo será un recuerdo. Mi normalidad es natural, pero la naturalidad de la normalidad también tiene tufo hediondo; porque es un hongo descompuesto, que con el correr del tiempo se va transformando en lo que en realidad somos todos: degradación. Siento ser esc...

La mirada esquizoide

La silla se convirtió en una mujer sin cabeza con los brazos extendidos en la alfombra y las piernas abiertas. Las lianas tupidas se abrieron de par en par con un movimiento continuo, leve, como el de una cortina movediza, de allí fueron saliendo encajes que daban a luz una inmensa vagina palpitante. No era una mujer ¿o sí? , no tenía cabeza ¿La tenía? ; sugería su imagen la de un monstruo peligroso, silente y lerdo. Del cielo empezaron a manar montones de objetos: un carro de juguete de color rojo, un arco iris de plástico, una yanta; todos eran absorbidos por la siniestra y palpitante vagina. La lluvia cesó. La vagina dejó de latir, el cuerpo inerte de lo que fue antes una silla ¿O una mujer? había expirado: ya pronto cambiaría el ojo y la mente y transformarían al objeto en lo que antes era. La próxima vez sería (la silla o mujer) una discreta y tímida nínfula contorsionista con dotes políglotas y titiriteros.