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Vecinos inconclusos

Mi hijo va a un Kindergaten justo debajo de mi edificio. Vivo en una construcción respetable de 17 pisos. Todas las mañanas bajo al pequeño que llora y se resiste con un pretexto distinto según el día. A las 13.30 de la tarde con extrema puntualidad se reúnen los padres de los infantes a esperar que se abra una puerta eléctrica y se agolpan desesperados tratando de llegar primero y así poder sacar de las sillas en corro a los impacientes niños. Mueven la cabeza de un lado a otro, soy una entre una multitud. Los alemanes suelen ser altos, a veces no consigo estirar suficientemente la cabeza para que Nicolás me vea. En el edificio de al lado vive una mujer desgreñada con la que me he encontrado algunas veces. Al principio la vi arrastrar a tumbos a dos varones. Uno de ellos  con pies tremendamente torcidos y el otro siempre con un jolgorio, atolondrado, parece buscar unos pájaros imaginarios que le revolotean encima de la cabeza. Hace unos meses descubrí que uno de sus hijos v...

diario Cien años de soledad

Diario de cien años de soledad. Hace algún tiempo comencé a leer por tercera vez la novela. la primera vez la terminé y puedo recordar con precisión cómo afectó mis días cuando tenía 17 años y me sumergí una noche estival en las páginas y los años de Macondo. Recuerdo haberla terminado a las 5 de la mañana. Apagué entonces la luz y me acosté dormir sin que importara mucho el mundo, sin que nada externo hubiese cambiado. Había cambiado yo y mucho. Pasé los días siguientes alejada a todo, pensando en la estirpe de los Buendía, en Macondo, en Mauricio de Babilonia y los manuscritos de Melquíades. La segunda vez la tomé y me pareció anodina. Creo que por aquel entonces estudiaba literatura en la universidad. No pude pasar de la página 20. Las tardes de calor me pedían libros donde yo me transportaba a espacios más bien románticos, yo estaba en la época descabellada en la que se busca el amor.  La tercera vez la comencé a leer por un proyecto de trabajo con un al...

Vejez

Por qué te quejas de dejar a tus hijos solos, abandonados, si algo te pasase. La vida es tan cruel que mermando ya en tus energías, en el término de tus edades, tu piel llena de surcos, tus ganas abandonadas, tus pañales, tu visión contenida en esa pequeña cuadratura, la de tus casi nulas posibilidades, no hay besos. Qué dirían si pudiesen verte trepidando en tu respiración cansada, en tu silla de ruedas, mientras una inmigrante pobre te alimenta y cuenta los minutos para que termine su turno. Podrías subirte a un árbol y volverte una hoja que cae descuidadamente en el sombrero de tu descendencia. Una ráfaga de aire haría invisible entonces tu delicada caída. Afortunadamente, no están tus padres para verte. Qué ilusos fueron pensando que siempre todo sería así como cuando eras niño. Lo Cruel en realidad es lo más hermoso

Mis horribles poemas

Este poema se me ocurrió porque estoy haciendo una actividad para mi página web de español. El día está gris y es francamente horrendo.  Pero me pongo nostálgica, sentimental, supongo a todo el mundo le pasa. Ahí va... Estaba explicando el en cuanto. .. y se me ocurre... En cuanto tú me miras abro yo más los ojos eres un muñeco de goma de pupilas caramelo pero veo mejor... Eres tú, sí.  Nuevamente tú, cada día. Nunca me había fijado en tus zapatos pero ahora trato de recordarlos Tú barba está en el mismo sitio de antes me estás mirando y esto es una confirmación  mientras se desgasta la vida Comprobar tu exactitud me mantiene de pie. Saber que mañana escucharé tu llave mover la cerradura mañana otra vez siempre es bueno tener malos poemas para los días depresivos de otoño.

Cosas que hago cuando hacen menos de 7 horas de sol para no deprimirme.

1. He comenzado a tomar vitamina D. 2. Escucho canciones pachangosas, es decir, desde Juan Luis Guerra, Pop puro y duro, mucha percusión. 3. Trabajar en mi proyecto. 4. Salir con los niños. 5. Buscar recetas de cosas ricas que preparar. 6. Ver un poco de tele en español. 7. Comer de manera descarada chocolate. 8. Hacer un poco de respiración que termina en meditación. 9. Salir a correr, pero cuando hace mucho frío, me pongo una rutina de yoga. 10. Cuidar mis plantas y mirarlas. 11. Preparar un café aromático. 12. Jugar juegos de mesa con mis niños. 13. Intentar quedar con gente, aunque ya quedo tanto que me canso un poco y necesito mi soledad. 14. Besar mucho a mis niños. 15. Hacer tartas o dulces. 16. Comer tartas y dulces. 17. Abrazar a mi esposo para dormir. 18. Tomar la decisión de empezar a leer otra vez en español, tal vez me ponga a buscar una selección de libros latinoamericanos. 19. Ver programas cómicos. 20. Salir a pasear en tranvía. 21. Comprar regalo...

Confusiones extranjeras

Añadir leyenda Cuando vas por la calle y estás en un país lejano, cuando normalmente tienes mucho tiempo sin visitar tu país de origen, cuando llega la navidad, y tienes más de 365 días sin ver a alguien de tu familia que no sean tus hijos y tu marido, entonces empiezas a ver cosas. Son como especie de alucinaciones voluntarias. Camino por una calle del centro de Karlsruhe. Está repleta de gente porque se acerca la navidad y los alemanes no compran los regalos el día antes, no, se preparan concienzudamente, organizan en un Kalendar el tiempo que tienen libre y salen con el presupuesto medido, el papel de regalo planificado, la lista. Hay colas para pagar, para caminar, para montarte en el tranvía. Las colas me gustan, sobre todo porque los alemanes no salen mucho y cuando todo está lleno me siento acompañada. Es normal porque la vida aquí se hace mucho en casa, las calles repletas de gente traen a mi cabeza palabras distintas en distintos idiomas. Con el tiempo he aprendido a no...

Adiós, Venezuela.

Mis adorables hijos... ¿Qué es no poder sentirte confiado en hacer lo que necesitas? Me explico, ir a tu país de visita. Hace cinco años que no voy a Venezuela. Viví allí 30 años y desde hace 6 años no piso un avión para cruzar el Atlántico. No he sido capaz (tras ensayar mil veces buscado la ruta  Caracas Frankfurt) de comprar el vuelo. Tengo el dinero para comprarlo, pero por una extraña razón no me atrevo a hacer ese pequeño movimiento de dedo índice. No puedo apretar y continuar con la operación de compra. Ahora tengo hijos, dos. Veo sus caras inocentes, escucho sus voces y me da miedo llevarlos a aquél sitio. Me repetiría mil veces si dijese que allí la vida no vale nada. No vale, otra vez repitiéndome. Si bien es cierto que en un sitio como Nueva York o Londres ocurren crímenes, en estos sitios de capitalismo salvaje la delincuencia es más comedida que en Caracas. Escribo porque me veo invadida por una especie de angustia. He llegado a un momento de mi vida donde si...