Ahora mismo leo a Antonio Machado, pero solo pienso en mis necesidades fisiológicas que al parecer se están volviendo más urgentes con cada minuto que pasa. Sé que el baño está en el segundo piso, pero me acabo de instalar en esta silla tan cómoda y la verdad que me da fastidio subir a menos que sea muy urgente. En esta biblioteca hay unos mullidos sillones, forman una larga hilera, y justo en el medio de cada dos de ellos, hay una pequeña tabla suspendida sobre el descanso de dos pies de amigo. Hoy he encontrado casi todos los sillones ocupados. Generalmente busco los sillones cercanos a la sección de libros de decoración porque casi nunca nadie repara en ellos y en sus alrededores hay casi siempre sillones vacíos. Frente al sillón donde me siento encuentro unas llaves, alguien seguramente las ha dejado olvidadas cuando se ha sentado (¿A leer un libro de decoración, tal vez?), las miro detenidamente y me doy cuenta que al dejarlas, su dueño se ha buscado un día de úlceras, de reclamos internos, de complicaciones, esperas; llegará a su casa, buscará sus llaves y no las encontrará. No sabrá a ciencia cierta que las ha dejado olvidadas, abandonadas en el sillón de la biblioteca que yo tengo enfrente. Puede que repase los lugares donde estuvo, la biblioteca será uno de ellos; pero como seguramente habrá estado en algunos otros tres o cuatro sitios, se lamentará de la torpeza de haberlas perdido, porque ante la variedad de posibilidades y alternativas que representa el salir a la calle, un objeto diminuto como un manojo de llaves es como un pez en el mar. Y yo, que no tengo nada que ver con sus Schlüssels (llaves en alemán), que no sé ni siquiera qué puerta abren, las estoy mirando, sin que nada me importe de ellas.
Me he estado preguntando últimamente qué es realmente ser normal. La campana de Gauss no pudo explicarme. Si yo soy normal (esto es un ejemplo) no puedo ser pureza normal porque ser pureza normal es estar metida en la barriga de la campana en todas las variables posibles que pueden definirme, entonces dudo que yo sea normal (esto es parte del mismo ejemplo). La normalidad, según mi humilde criterio, va de la mano del aburrimiento y el aburrimiento es lo más gris, uniforme y castigador que hay. Prefiero entonces no ser normal absolutamente; sin embargo, si tuviera que esperar a alguien que me haga compañía preferiría que lo fuera. La normalidad es predictiva, y en el fondo, aunque nos cueste aceptarlo, a nosotros, sí, también a mí (y aquí soy normal) no nos gusta sobresaltarnos con cosas anormales. Las cosas anormales causan incertidumbre y la incertidumbre continuada es una desdicha (al menos para la gente normal en este tema). Lo anormal tiene algo de divertido, desastroso y siniest...
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