
Todos hemos sido mártires. Cuando creemos que ya no cabe más injusticia en el mundo, que esta fue agotada secándose como un río maldito, se nos aparece multiplicada como los Gremlins. El ser mártir debe ser algo que hay que asumir y saber usar. Hay que internalizar que en el fondo ser mártir se nos muestra como una oportunidad de poder sentir el gusto de la víctima, el placer mazoca que todos llevamos dentro.
Pero esta martirización---aunque en verdad no la deseemos porque somos seres normales, incapaces de desear algo malo para nosotros mismos---aparece recurrentemente como esas fijaciones incoherentes que nos llegan siempre a la cabeza, esas de las cuales nos avergonzamos y no contamos a nadie.
¡Salve a la reina martirio! Dijo una bruja de la inquisición, que había elegido profesión después de darse cuenta que acabaría loca, “Mejor morir con dignidad de bruja a revolcarme entre mi mierda en una celda para dementes”. Hizo su ritual de iniciación; declarando a los cuatro vientos la existencia de una pócima mágica que haría quedar preñadas a las mujeres sin la ayuda del miembro masculino. La tildaron de feminista y la echaron a una celda de perros hambrientos. ¡Salve a la reina martirio! Repetía, y así siguió hasta que uno de los perros dio una dentellada en su cuello, justo en la yugular, sin darle mucho tiempo a pensar en los santos oficios de las brujas y en en los horrores del infierno.
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Besicos
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