Cuando tenía 22 años creía que estaba vieja, tal vez porque hacía lo que no me gustaba y porque por hacer tal cosa me sentía estancada en la vida, fracasada, atrapada. Cuando tenía 25, creí morir, porque sentía que ya estaba muy vieja, que no tenía novio y que en consecuencia mi vida no podría cambiar para mejor. Era una persona algo obtusa, con muchos prejuicios e inseguridades (tal vez seré así siempre). Cuando tenía 28, pensé, por pocos instantes, que esa era la mejor edad, esa que condensaba la sabiduría y la juventud; un cuerpo joven, hermoso, con años encima para saber sopesar quiénes eran de verdad mis amigos y quiénes no, qué era lo importante, qué significaba la vida desde un todo, mi todo de 28 años. Cuando cumplí 30 años estaba montada en un avión para irme a Madrid y vivir los mejores meses de mi vida. Me había dejado mi ex novio de la peor manera posible, pero aquello no me importaba, yo cumplía 30 años y me veía de 28 y aquello era lo importante; tenía conciencia de las cosas, había tropezado con las amistades, a pesar de que a los 28 creía que todo lo sabía. Y con 30 años aún, termino por aceptar mi edad, ese nuevo pase de década que me atormentaba tanto, ese darme cuenta que aparecen las primeras canas, extraviadas entre el cabello fino, recordatorios terroríficos de cuán corto es todo, cómo el show se acaba tan pronto y cuánto hay por hacer, cuánto no he hecho. Me recuerdo de ese cuento de Onetti “Bienvenido ,Bob”, pero no me importa, la verdad, con la edad que tengo he aprendido a entender el mundo posible que se permite entender con mis experiencias y mis años; sé quiénes son mis amigos y a quiénes hay que borrar de la lista; sé más o menos sin saber mucho, sabiendo que nada puede ser perfecto y que más bien es mejor evitar el desastre, sonreír, y dar gracias por ver el sol de todos los días.
Me he estado preguntando últimamente qué es realmente ser normal. La campana de Gauss no pudo explicarme. Si yo soy normal (esto es un ejemplo) no puedo ser pureza normal porque ser pureza normal es estar metida en la barriga de la campana en todas las variables posibles que pueden definirme, entonces dudo que yo sea normal (esto es parte del mismo ejemplo). La normalidad, según mi humilde criterio, va de la mano del aburrimiento y el aburrimiento es lo más gris, uniforme y castigador que hay. Prefiero entonces no ser normal absolutamente; sin embargo, si tuviera que esperar a alguien que me haga compañía preferiría que lo fuera. La normalidad es predictiva, y en el fondo, aunque nos cueste aceptarlo, a nosotros, sí, también a mí (y aquí soy normal) no nos gusta sobresaltarnos con cosas anormales. Las cosas anormales causan incertidumbre y la incertidumbre continuada es una desdicha (al menos para la gente normal en este tema). Lo anormal tiene algo de divertido, desastroso y siniest...
Comentarios
me siento asi, ahora desde hace un poco mas de un año
Saludos cordiales.
saludos y gracias por escribir.
Un abrazo enorme
Muchos abrazos.
Graciela
Las canas a mí como en tu caso no me llegaron a los 30 sino a los 29, pero cada una de ellas refleja una vivencia, reflejo de un aprendizaje, que nos deja una mejora en nuestra relación con el entorno y con nuestra trascendencia como seres humanos, bendita sea tu edad mujer, benditas sean esas canas y tu talento María Inés.
Un beso.
Por siempre.
Leonardo.
No podemos evitar el pasado, debemos sí no permanecer en él y habitar el hoy, es lo único que existe.
Un abrazote!
OA