
Una vez pasaba por la carretera Cumaná- Maturín y vi un velorio de caserío. Dos hombres salían de una pequeña casa de vivienda, uno se acomodaba el puño de la camisa, el otro esperaba impaciente con el cabello mojado, señal de que se había recién bañado. Más adelante, específicamente a dos casas de distancia, se aposentaba el coche fúnebre; un poco destartalado, con letras rojas en forma de arcoíris decorando las ventanas laterales. Mujeres con camisas cortas, negras y cabellos pintados hacía mucho tiempo esperaban saliera el entierro. Un grupo sostenía una corona de flores. Ningún familiar lloroso y apesadumbrado se asomaba por la parte foránea de la casa. Supongo que se encontraban adentro, llorando al muerto, dándole el último adiós antes de que se lo llevaran. Había un autobús más adelante que seguramente recogería a los presentes y los trasladaría al cementerio de Cumanacoa, el pueblo más cercano.
En la noche, en medio de un vibrante sonar de grillos, los vecinos contarían alguna historia de aparecidos y los niños miedosos rezarían con más ahínco el Ave María y el Padrenuestro antes de dormir. Tal vez la abuela les diría que los muertos no salen, pero por si las moscas, nunca está de más encomendarse al ángel de la guarda. El muerto de al lado no aparecería, pensarían ellos. El muerto de al lado no sale, el muerto de al lado está en el cementerio. La muchacha adolescente pensaría en el viejo enfermo y no querría verlo más. La abuela, sin embargo, piensa que no queda mucho tiempo, escucha a los grillos y reza el Padre Nuestro, luego el Ave María “Santa María, madre de Dios ruega por nosotros…” Yo voy por la carretera, pienso en mí, pienso en la abuela, en el miedo de la abuela con su cáncer y su sentencia de muerte: su muerte. Pienso que todas las abuelas deben de pensar igual, todas las abuelas con su miedo, todas rezando el Ave María, todas sin querer morirse, con los brazos arrugados, el cuerpo roto, cansado, trabajando a media máquina. Entonces, extraño a la abuela, hace ya tres años sin verla, y pienso en ella y no quiero acordarme porque se me arruga el corazón. Se me pone muy chiquito, y mejor no hubiera visto el entierro en la carretera, mejor no pensar, sí, mejor no pensar que se fue.
Comentarios
Ayer mi mamá estaba rallando queso parmesano; cortó un pedazo, lo pinchó con el cuchillo, lo tostó en la hornalla y me lo dio. Eso mismo hacía mi nona cuando yo era chica, y ayer, el olor intenso del queso tostado me llevó a quince años atrás, a mi nona, a la cocina de mi nona, a mi nona sin cáncer y tostándome queso parmesano.
Duele el vacío.
Ese ritual fue evidencia de lo ausente.
Habrá que descubrir adónde habita ahora esa presencia...
un placer pasar por aquí
Y tmb mirar, que la curva que se aproxima es obligatoria, y en ese intante el giro debe hacerse, pese a nosotros.
Te cuidas!
Un saludo
Me hiciste dar un vacihito en el corazón, Ma. Inés.
Buena lectura y mejor el momento.
Ophir
Me ha gustado mucho el final de esta entrada ya que me has conmovido cuando hablas de tu abuelita.
te dejo abrazos.
Hola, ¿cómo has estado?, percibo altos y bajos, de eso se trata la vida ¿no?
Estoy de acuerdo con que lo que más duele es el vacío que nada ni nadie más podrá llenar. Y también, por supuesto, es a lo que más le temo...al vacío.
Tiempo sin pasar por aquí y me doy cuenta que sigue tan interesante como antes tu blog.
Yo seguiré husmeando por estas letras.
Un abrazo.
Está con vos.
abrazo,
musa
Pero hay que sacarle partido a estos escenarios. Ya ves, tù lo has escrito y nos traes recuerdos de nuestras abuelas.
Abrazos muchos
G