
En la noche, ya muy tarde, advertí que alguien tiraba piedras pequeñas contra el cristal de la ventana de mi habitación, que daba hacia la calle. Por supuesto, una angustia muy grande me atravesó el pecho. La frecuencia de los golpes empezó siendo baja, en primera instancia, luego se fue haciendo progresivamente más numerosa, hasta llegar al punto de sostener una lluvia artificial de golpes. No sabía qué hacer. Por un momento pensé en llamar al portero pero dudé de mi cordura. Aquél evento era imposible. Mi edificio tenía una fortaleza prácticamente inquebrantable y yo no imaginaba cómo alguien había podido entrar en medio de la noche en el jardín para tirar piedras a mi ventana. El punto de referencia de la calle era también improbable puesto que mi ventana quedaba a una altura lo suficientemente alta como para impedir una frecuencia de golpes, y puntería, tan numerosa. Por tanto, incapacitada para hacer nada, me metí dentro de mi densa cobija y traté de lograr dos empresas verdaderamente imposibles: calmarme y dormirme. Sin embargo, una idea me sobresaltó; si habían llegado el domingo anterior a mi puerta ¿Qué dificultad había que estuvieran muy cerca, tirando piedritas a mi venta? Me aterroricé. Quería llamar a alguien desesperadamente.
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