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La ventana (titulo tentativo de un cuento que no sé si voy a terminar)


Me mantengo unida a la ventana, no sé por qué razón pero cada cierto tiempo tengo que asomarme por ella. La sensación de sosiego me conmueve y a la vez me aterra. Creo que en cierta medida he desarrollado una extraña adicción visual, que me hace evadirme por unos instantes para luego hacerme recobrar el sentido de la realidad, sé quién soy pero la ventana me absorbe sin motivo.

Hace un tiempo compré el periódico: noticias de terribles catástrofes, asesinatos, problemas sociales; me vi sola sin poder comentar aquellos sucesos impresos con nadie. No tenía razones en esos momentos para entristecerme, todo marchaba extrañamente bien. La temporada se estaba mostrando magnífica para el negocio, y yo era la máxima empleada, la dueña. Mi vida se hacía tranquila y eso para mí era algo extraordinario; los ajetreos y la socialización excesiva la verdad es que me irritaban.
No era amiga de las temporadas “felices” en las que había que compartir todo el día, todos los días con la gente. Siempre pensé que tal estado significaba una carga, una enorme esclavitud que me obligaba constantemente a ser gentil, a tener una conversación oportuna, a hacer favores y a participar en situaciones que no me gustaban; y si la vida es tan corta, para qué desperdiciar el tiempo en situaciones ajenas al gusto personal. Bueno, entiendo perfectamente que esta actitud ermitaña, egoísta sobremanera, no se presentaba todo el tiempo en mí; cuando mis temporadas de soledad se prolongaban durante mucho tiempo, pensaba entonces en aquellas otras personas y en lo agradable que se sentiría compartir, hacer cosas colectivas, vivir en comunidad. Confieso que esos momentos eran limitados en mi vida y que la mayor parte del tiempo disfrutaba de la soledad; sin embargo, aún viviendo sola, necesitaba a la ventana. Ella es la frontera entre mi ser cartujo y aquél social, expansivo.
Aquél día, luego de leer el periódico me dispuse a dormir, puse música de relajación y me acosté en la cama. Era domingo y tenía todo el día para hacer lo que quisiese: a mí sólo me apetecía dormir. Una vez recostada, con la cabeza en la almohada, empecé a pensar en el tiempo y su inevitable transcurrir, pensé en la muerte y entonces no pude conciliar el sueño. Sentí unos deseos terribles de ir hasta la ventana. Quería mirar hacia la calle, ver el pedazo de espacio que le correspondía por vista a mi apartamento, sentir los taconeos de la gente, el transitar de los carros. Me levanté sin ningún preámbulo y observé: el día estaba quieto, no había ni un alma en la calle. Yo lo miraba todo desde allí; incluso los sonidos y la fricción de las ruedas de los automóviles con el asfalto.
Una mujer vestida con ropas extrañas apareció, transitaba despacio, su traje era armónico e inigualable, no podía decir con exactitud a qué grito de la moda o a qué época pertenecía, era excéntrico y a la vez maravilloso. Mi único deseo por un momento fue que no desapareciera nunca, que nunca avanzara y se perdiera de la limitada vista de mi ventana, quería seguirla mirando por un tiempo indefinido. La mujer, por supuesto, no advirtió mi presencia, ella sencillamente miraba hacia un punto que yo no podía advertir porque la perspectiva de mi sitio de referencia no lo permitía. La miré de perfil y vi su magnífico rostro, su cabello largo. No me daría nunca tiempo de bajar y llamarla, sentarme a hablar con ella, preguntarle de dónde había podido salir.
He de aclarar que en mí no existía ningún sentimiento romántico, no soy homosexual y nunca he tenido, no sé si para mi desgracia, ninguna pasión hacia alguna otra mujer. Mi reacción al advertir a aquella joven fue de admiración y descubrimiento. Una vez desaparecida su imagen de mi vista tuve la poderosa certeza de que aquella era, sin duda, la mujer más bella del planeta tierra. No la había visto en ningún concurso de belleza y seguro yo no había contemplado a todas las mujeres del mundo, pero estaba segura, aún desde mi limitado conocimiento que no podía existir ninguna mujer más hermosa. Aunque yo sólo la había visto de perfil, aunque yo sólo había podido observarla durante un escaso minuto, podía asegurarlo con exactitud. Mi impresión ante aquella imagen, una vez desaparecida, fue extrema. Me senté en el sillón y rememoré una y otra vez su perfil. No quería pensar que yo era una mujer aislada sin cosas en qué fijarme, no era eso. El hecho es que aquella era la mujer más bella.
El domingo siguiente, luego de haber tenido una semana realmente ajetreada, pensé en la mujer. La había olvidado por completo durante aquellos días llenos de pedidos, clientes que atender y supervisión de empleados. Pero el domingo, mi día de estar en la casa, la recordé. Esta vez tenía que ordenar unas facturas y mi tiempo de descanso era limitado. Llegado el cansancio advertí que se acercaba la hora en la que había visto a la mujer, me inquieté. Quería nuevamente verla. Esta vez, deliberadamente y sin ninguna promesa de remuneración, me asomé a la ventana con la esperanza de que reapareciera y yo pudiese admirarla, sin embargo, tuve en cambio otra visión extraordinaria que me dejó perpleja y que hizo ponerle a dar vueltas y vueltas a mi cabeza.
A la misma hora, ese otro domingo vi a un hombre. Estaba vestido con un traje impecable, cuya moda no podría precisar. Su forma de caminar era acariciante, su cabello tan bien peinado, su perfil apolíneo. Era un hombre perfecto y joven, la versión exacta, en proporción de belleza, de aquella mujer que había visto la semana anterior. Las dos visiones me dejaron contrariada, estaba segura de que el hombre era maravilloso y creo que el principal argumento de aquella certeza se basaba únicamente en su fenomenal imagen. No quería dejar de verlo, no podía dejar de beberme desaforadamente su estampa mientras caminara por la limitada vista de mi ventana. Una vez desaparecido de mi vista me sacudí ¿Sería una coincidencia? No podía ser posible, a mi juicio. Tanto la mujer como el hombre eran absolutamente hermosos, fuera de lo común, inmensamente extraños comparados con los rasgos físicos de la gente a la que yo estaba acostumbrada a ver los domingos en la mañana, en la vista de mi ventana.
Ese día traté de ordenar las facturas pero no pude. Por momentos me sentí ridícula, pensando en algo tan intrascendente como el haber observado a aquella pareja de seres humanos hermosos. Descarté entonces mis intentos de pensamientos, traté de ver una película aburrida y me quedé dormida, finalmente. Al despertar observé mi gran departamento, decorado con aire moderno, pulcro; y entonces, de pronto, una cachetada me sobrevino y me hizo decantar mis abrumadoras certezas en un terrible golpe moral: yo era una mujer demasiado sola. Volví a pensar nuevamente en aquel par de desconocidos y me quedé dormida. Varios golpes secos a mi puerta me despertaron, me asusté mucho, puesto que era prácticamente imposible que alguien tocara; el edificio tenía seguridad y debía primero el portero llamarme por teléfono para decirme quién me visitaría. Casi nunca nadie me visitaba. Pensé que tal vez podría ser la vecina para decirme cualquier cosa. Me levanté de golpe y fui a abrir la puerta.
Mi impresión cuando observé por la mirilla de la puerta fue estupefacción. No podía dar crédito a lo que me ocurría, podía reconocerlos aunque sus caras estuvieran deformadas por el diminuto cristal de la mirilla. Allí, frente a mi puerta, estaban los dos personajes que había observado por mi ventana. La mujer y el hombre, juntos, frente a mí. Por un momento pensé que estaba empezando a volverme loca y que todo aquello era producto de mi imaginación, en fracciones de segundos traté de recordar las enfermedades mentales que aquejaron a todos mis antepasados y ninguno había sido catalogado de loco de remate. Sus narices enormes se erigían ante mí esperando mi respuesta, cualquiera fuera. Yo no atinaba palabras ni movimientos, sencillamente estaba extrañada y con un poco de miedo. Segundos después atiné a preguntar, con voz temblorosa, quiénes eran mis visitantes. Ninguno respondió, sus narices seguían allí, sin atinar palabra, frente a mi puerta. Pasó un minuto, dos y mis visitantes no se marchaban. Yo volví a preguntar, esta vez sólo recibí la siguiente contestación: “nosotros”. Por supuesto empecé a pensar que aquello era una broma de mal gusto, traté de buscar un posible culpable, hallé varios entre amigos y compañeros de trabajo, pero ninguno podía jactarse de hacer bromas de semejantes características. Pensé que podrían ser unos secuestradores, me dio un miedo paralizante, no estaba dispuesta a abrir la puerta si no me decían sus identidades y así se los hice saber. Pasó un tiempo y vi por la mirilla que la fabulosa mujer cuchicheaba algo inteligible con el igual fabuloso hombre. Al poco rato dijo el joven:”Es mejor que nos abra, por su bien, no podemos decirle quiénes somos, es importante que nos deje pasar, dentro le contaremos”. Ante tal respuesta, callé mi inmensa curiosidad y asombro y les dije que de ninguna manera abriría así la puerta. Al cabo de un rato la chica dijo: “volveremos”. Se marcharon.

Comentarios

¿Continuará?
Anónimo dijo…
Me ha gustado este avance del cuento, María Inés.

Saludos desde Lima.
Ava G. dijo…
volvió, sra tarántula! qué alegría!

besos!

Anónimo dijo…
Marines Chavita:
Su regreso no pudo ser de la mejor manera, Una plantilla saintterrriense y un cuento a la altura de la consul, su talento, su belleza y su misterio: Ahora la seguimos en la continuacion; Pero no te pierdas, los blogguers no son lo mismo sin vos

Don Doc Petroff

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