
Tal vez todos debimos escribir muchas cosas que no escribimos, debimos decir y debimos sobre todo “hacer”. Es innegable que actualmente vivir en Venezuela se ha vuelto un desafío a la calma, la serenidad y el sosiego. Siento como buena venezolana la falta de libertad moral, física, psicológica y ética. No es justo, no : estar todo el día pendiente de las puertas, postigos, cerrojos, el estado de las rejas, las personas que tienes al lado, delante, la actitud conveniente ante alguien amenazante, el alejamiento de cualquier lugar peligroso, la incómoda sensación de estar ante un peligro real y latente ¿La cantidad de gente que muere en las calles? No la entiendo, de ninguna manera la puedo entender, y tampoco, por decir algo, puedo procesar la cotidiana situación del “ajuste de cuentas”, “murió a manos del hampa”, “víctima de la inseguridad” estas etiquetas vergonzosas que buscan alejar de la manera más olímpica a estos hechos usuales de la categoría de inseguridad.
No entiendo la injusticia, ni abogo por el dolor ajeno y no me es indiferente el hecho de que día a día, minuto a minuto la lista de asesinados en todo el país tenga que abultarse. Mi bisabuela decía siempre “La mayor novedad dura ocho días” y tal parece que dura menos el efecto de un muerto a balazos para los cuerpos de seguridad ¿Es que acaso una persona que ha sido criada con esfuerzo, que ha sido querida, amada, que tiene un doliente que le llore tiene que ser olvidada sólo por el hecho de que ha sido asesinada por un ajuste de cuentas, por poner un ejemplo?
Esto no es sólo lo que me angustia. No tengo ahora las palabras acertadas para expresar por medio del lenguaje toda la injusticia, la infamia y la ligereza con la que se ha manejado el problema de la inseguridad en Venezuela. Cuando estuve en España el año pasado me sorprendió sobre manera el hecho de andar por las calles de Madrid a las 3 de la madrugada sin preocuparme por mi vida. Me sentí extraña, libre, y con una sensación difícil de explicar. En el fondo, muy en el fondo, me dio tristeza, y sentí envidia de no haber nacido en un país realmente franco, de no poder estar en mi propia tierra sin preocuparme por el personaje que tengo en el costado o por la hora de llegada a mi casa, o por las pertenencias que ostento. No creo que sea yo sola, siento que muchas personas habrán sentido la dolida frustración de sentirse atrapados en sus casas, de no poder disfrutar de la vida como es debido, de tener que limitarse, abstraerse, irse plegando a cada momento, encogiéndose, empequeñeciéndose…
No hablo hoy de literatura, no porque lo que pasa en el país debe ser dicho, la literatura definitivamente la voy a dejar a un lado, por este post, y voy a desahogarme. Sé que ella, en algún momento registrará de manera fiel e imparcial todos los acontecimientos que ahora ocurren, pero no será ahora, no seremos nosotros quienes escribamos y juzguemos nuestra verdadera historia, tal vez no llegue a ser nadie.
Siento, confío en que finalmente todos y cada uno de los muertos que han perecido víctimas del hampa tengan la justicia que merecen. Me fío en que cada persona culpable, cada ser responsable tenga su merecido y espero verlo. Tal vez esté escribiendo una utopía, tal vez tenga una justa e inocente esperanza que espera algún día verse recompensada.
Comentarios
Un beso
Saludos!
Un beso
Leonardo
y todos esperamos justicia.
Me agradan tus escritos. Siempre correctos e impecables.
Alan Murray