
Desde siempre he tratado de llenar los espacios. Creo que es una manía que nos inculcan de pequeños: tienes el cuaderno de dibujo frente a ti, tus ojos observan una hermosa figura delineada cuyos espacios interiores están en blanco. Sólo hay líneas negras con formas (payasos, muñecas, delfines, automóviles) y allí, tú, con el montón de lápices Prismacolor y las ganas de empezar la tarea de la escogencia, del trabajo del relleno cuidadoso de las formas hasta completar el dibujo colorido (no siempre bien combinado y delimitado); He allí: “la obra de arte”. Así comienzo con los espacios que instintivamente hay que llenar, sin contar las hojas de caligrafías, las páginas en blanco, y finalmente a donde quería llegar: los silencios.
¿Por qué siempre tenemos que hablar? Yo, siempre tengo que hablar. Algo en lo que pensé durante unos minutos mientras leía Sobre héroes y tumbas, cuando tenía 17 años, fue en el extraordinario silencio que existía entre Alejandra y Martín. Era un silencio poblado de reflexión, de contenido semántico, de sustancialidad; ese silencio que me reprocho por no poder mantener, el silencio incómodo que siempre tengo que llenar así no sea necesario.
Me ocurre también en mis relaciones amorosas, creo que he tenido la desdichada suerte de ser atolondrada por no poder mantener en pie al silencio, es para mí tan incómodo como la visión de una bailarina que lucha por mantenerse en equilibrio con la punta de los dedos de sus pies. No puedo. Me conformo con decir banalidades, estupideces e imprudentes comentarios que al fin y al cabo no llegan nunca a nada y se pierden en un silencio más incómodo.
Tal vez la gente como yo ha desarrollado sin darse cuenta una fobia al silencio, fobia que se presenta cuando se empieza a observar el titilar iridiscente e implacable de la terrible señal de que algo anda mal, de que ya nada hay que decir, que todo se ha desvanecido y que quedamos como seres inconclusos que se esfuerzan en vano por llenar una laguna con un agua que no existe. Creo que quedarse sin nada que decir es ser infértil, y la infertilidad cuando no se desea es sumamente frustrante.
Prefiero el silencio mío, el que me doy a mí misma, no soporto el silencio con los demás.
No sé si aprenda algún día a convivir con el silencio incómodo, ante la presencia del ser amado, o ante un conocido pero no íntimo, con quien tengo que sostener una conversación ingeniosa de cosas que no tienen nada en común conmigo. No sé si algún día pueda tener el tupé de ser como Alejandra con Martín y quedarme tranquila, impasible, displicente, ante la incómoda oportunidad de no llenar nada, de dejar la página en blanco y observar el dibujo cuyas líneas al fin y al cabo, representan la esencia de la forma.
Comentarios
quiero contarte que el silencio es maravilloso, si sabes con quien compartirlo...
acerca de "llenar todo"....de relenar todos y cada uno de los silencios pork se te hacen incomodos....tambine tengo que decirte que te acuerdes que "menos....es mas"...
y que es precisamente el silencio, el que aveces te dá la pauta por donde seguir...
deja que el silencio fluya....
Hace unos dias terminé de leer un libro..."Donde termina el arcoiris " de Cecilia Ahern.....y describia un silencio....ese silencio que se da pocas veces en la vida...el k surje con la persona a quien amas....ese silencio que se da mientras ambos os mirais alos ojos....y vuestros ojos hablan, y hablan, y os cuentan cosas que jamas sabria explicar la boca....
busca ese silencio amiga...
buscalo porque es una de las cosas mas maravillosas que existen....
un beso grande....
Creo que el aprendizaje que radica en el hecho de vivir el silencio es duro, como una ardua tarea de la escuela , pero gratificante.
No sé si algún día aprenda a disfrutarlo, basta con intentarlo, tal vez pueda rellenar muchas cosas con su aparente insustancialidad.
Saludotes y un abrazo, gracias.
Y como a tí nos pasa a todos, siempre nos gusta hablar. De hecho, creo que el método infalible para caerle bien a alguien es escucharle, siempre tiene algo que decir. Saludos y gracias por visitar mi blog