
Después de respirar varias veces el hombre se dispuso a subir. Sus pies resbalaban por las piedras, apenas sobresalientes del paredón, mientras sus manos se aferraban cual garras a los pequeños relieves superiores. Sudaba y sentía el correr de su sangre apresurada. Un paso. No había escapatoria, tenía que seguir. El esfuerzo lo retorcía, renunciaba y reanudaba la empresa constantemente.
A cada instante estaba más cerca de la meta. Sus manos se llenaban de esa cal mohosa que había predicho en sus desvariados deseos por conseguir el trofeo prometido.
Por un momento desistió. Deslizó las uñas de sus pies apenas unos milímetros, un tumulto de rocas rodó hasta dar con el suelo. El hombre escuchó el sonido del golpe. Volvió a apoyar sus pulgares en un montoncito escarpado y se aferró mucho más con sus manos.
Un aullido de tigre cantaba en su mente, nacía y se ondulaba con el correr del tiempo, acompasándose poco a poco. El canto desfilaba en medio de su furia frenética, era un rugir y una marca de la fuerza tenebrosa de su propósito.
El sol lo abarcó todo, ya era de día. El hombre se encontraba en la delgada superficie del muro. La emoción y la canción del tigre lo habían llevado hasta allí, con sus propias manos y pies había logrado alcanzar su meta. Un grito desgarbado, astroso, se escuchó en la inmensidad del silencio.
―¡Trabiiiiiiiiiiiii sooooooo mieablo cuscumilao sonen!―
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